CAPITULO 3
Tenía 5 años y apenas podía hablar inglés. Aprendí algunas palabras viendo la televisión en casa y platicando con gente de mi vecindario. Mi madre me inscribió en la primaria local, a unas dos millas de nuestro apartamento. Me encantaba ir a la escuela. No tardé mucho en aprender inglés, y era muy bueno para las matemáticas. Recuerdo sentirme orgulloso cuando mi maestra me felicitaba por aprender tan rápido. Ese reconocimiento se sentía increíble, especialmente porque casi nunca recibía algoasí.
Caminaba a la escuela y de regreso, casi siempre solo. Mi madre le había pedido a una vecina que me llevara por las mañanas, que me recogiera por la tarde y que me cuidara hasta que ella regresara del trabajo. Esa señora era como dos personas distintas. Cuando mi mamá estaba presente, era amable y sonriente. Pero en cuanto mi madre se iba, se transformaba y se volvía grosera, fría, y cruel. Nunca le dije nada a mi mamá. No sé por qué. Tal vez quería protegerla, no hacerle la vida más difícil de lo que ya era. Sabía que, si le contaba, ella tendría que confrontar el problema y perdería a una niñera que necesitaba desesperadamente. La mujer casi nunca me llevaba o recogía de la escuela, pero le mentía a mi mamá y la dejaba creer que sí lo hacía.
Un día estaba esperando en el patio de la escuela a que la niñera me recogiera. Como siempre, no llegó, así que me fui caminando solo hacia su casa. Estaba por cruzar la calle cuando vi que la luz se puso amarilla. Pensé que tenía que apurarme para cruzar antes de que cambiara a rojo. Corrí lo más rápido que pude, cuando un niño de la escuela metió el pie y me tropezó. Salí volando de cara al pavimento. Caí con todo el cuerpo sobre la calle. Sentí mis manos y brazos rasparse y empezar a sangrar. Nadie se acercó a ayudarme; los carros en el semáforo solo tocaban el claxon mientras yo trataba de levantarme. Mi nariz escurría sangre como una llave abierta, manchando mi camisa y mis pantalones.
Caminé las dos millas hasta la casa de la vecina. En algún punto del camino me quité la camisa, la usé para apretarme la nariz e intentar detener la sangre, y seguí arrastrando los pies hasta llegar.
Cuando por fin toqué a su puerta, comenzó a gritarme. Estaba más preocupada porque ensuciara su apartamento con sangre que por el hecho de que yo estaba lastimado. No me dejó entrar, así que me senté en la entrada de la casa mientras ella seguía gritándome. Finalmente me preguntó qué había pasado. Le conté la historia, con la cabeza y la nariz palpitando, tratando de no pensar en el dolor. No intentó limpiarme ni ayudarme. Cuando mi madre llegó horas después, se espantó al verme. Estoy más que seguro de que me había fracturado la nariz. Nos fuimos a casa, me bañé y me puse hielo en la cara. Lo que más recuerdo es la rabia quemante que sentí por dentro. Sentía que estaba completamente solo en el mundo, que a nadie le importaba una mierda. Pensé en mi padre y en lo que habría hecho si estuviera. Y eso solo me enfureció más, porque no estaba.
No solo fue difícil para mí con mi padre ausente. También me di cuenta de que mi madre estaba extremadamente triste y muy seguido la veía llorar. No sé si extrañaba a mi padre o si estaba estresada criando a dos niños sola. Creo que, sin darse cuenta, comenzó a distanciarse emocionalmente de mi hermana y de mí. El dinero no alcanzaba. Con tanto estrés financiero, no era muy maternal ni cariñosa. Ella tenía un trabajo temporal cuando mi padre se fue, pero la despidieron. Después de eso, saltó de un empleo temporal a otro.
Terminamos