: Pedro García Casas
: Amor es nombre de persona en Karol Wojtyla
: Herder Editorial
: 9788425442551
: 1
: CHF 17.60
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: Allgemeines, Lexika
: Spanish
: 432
: kein Kopierschutz
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: ePUB
La tesis consta de tres partes inseparables. En primer lugar se aborda la norma moral incondicionada. En esta parte establecemos un diálogo entre Kant y Wojty?a por un lado, donde estudiamos la relación entre el imperativo categórico kantiano y la norma personalista. Asimismo, hacemos ver la crítica de Wojty?a al formalismo de Kant y la importancia de la experiencia moral como fuente de conocimiento.   Seguidamente, hacemos dialogar a Wojty?a con Scheler, quien por un lado le ayuda a adentrarse en el mundo de la fenomenología y en la ética de los valores, pero por otro se distancia de él por adolecer de la falta de una normatividad dando lugar a 'la emocionalización de la conciencia'. El tercer punto de esta parte aborda cómo entienden el amor Kant, Scheler y Wojty?a, se establecen similitudes y grandes diferencias que son las que llevan a la formulación wojtyliana de la norma personalista.   Pasando a la segunda parte tratamos en consecuencia la fundamentación de la norma personalista, para ellonos acercamos al concepto 'persona' y su desarrollo histórico. De aquí, pasamos a la fundamentación antropológica de la 'persona' en la obra Persona y acción, ya que desde esta fundamentación antropológica podemos pasar a fundamentar también antropológicamente (en unión con el apartado precedente) la norma personalista wojtyliana. Pensamos que este es el objeto principal de Wojty?a: una verdadera fundamentación de la ética que da sustento y base a la norma personalista.   Finalmente, estudiamos la originalidad de abordar la antropología (y la ética) desde la dimensión donal del ser personal. Para ello, abordamos el don desde las inspiraciones de Ferrer, de Jean Luc Marion, Bruaire y otros. Pensamos que es una de las contribuciones más importantes a la ética y antropología filosófica hechas por varios filósofos de los últimos siglos: la dimensión del don y de la autodonación de la persona en el amor.   A nuestro modo de ver, esta tesis no solo supone una contribución a esclarecer muchos interrogantes sobre la persona y el obrar humano, sino que supone un punto de apoyo para que la vida de todo hombre sea más plena, fecunda y llena de sentido.

Pedro García Casas (1982), es sacerdote diocesano de Cartagena-Murcia. Se licenció en Estudios Eclesiásticos el 2007 por la Pontificia Universidad de Salamanca. En el 2012 se licenció en Teología en el Pontificio Instituto Juan Pablo II, donde más tarde impartió clases sobre Metafísica de la Persona. El 15 de junio de 2018 obtuvo el Doctorado Internacional en filosofía por la Escuela Internacional de Doctorado de la Universidad de Murcia. Ha publicado algunos artículos sobre la temática estudiada: 'Crítica wojtyliana a la moral kantiana y propuesta de la norma personalista incondicionada'; 'La normatividad ética de Wojty?a frente a la emocionalización de lo a priori en Max Scheler';'Wojtylian Critique of KantianMorality and Proposal of the Unconditional Personalistic Norm'. Asimismo, ha realizado estancias de investigación en la Universidad Católica de Lublin (Polonia) y en la Pontificia Universidad Lateranense de Roma (Italia).


Prólogo

Itinerario Personal

Detrás de esta tesis hay varios años de experiencia y de profundos (a veces incómodos) interrogantes que no siempre han hallado fácil respuesta. A nivel personal, queremos indicar que fue a muy temprana edad y sin estar imbuidos por ninguna ideología, cuando comenzamos a plantearnos interrogantes sobre la conciencia, el yo, la dignidad de las personas, las relaciones interpersonales y sociales, la vivencia del amor, el sentido de la vida del hombre, su origen y su destino, etc. En la medida en que íbamos creciendo y nos acercábamos al mundo del dolor, del sufrimiento, de las injustas diferencias sociales, del hambre en el mundo, de la violencia y la guerra, de la enfermedad y la muerte, los interrogantes iban acentuándose cada vez más haciéndose en varias ocasiones insoportables. Lo peor, digamos, vino en la adolescencia (cuando uno adolece de todo) al constatar la gran indiferencia —incluso inmunidad— de la sociedad ante tales interrogantes, lo cual, lejos de llevarnos al conformismo de la masa (en palabras de Ortega y Gasset) nos llevó a la búsqueda de verdades desde el arduo aguijón de estos interrogantes que no se conformaban con medias verdades.

Las respuestas que encontrábamos en la sociedad, y desafortunadamente también en la academia, giraban todas en una línea materialista, hedonista, utilitarista y radicalmente reduccionista, que lejos de satisfacer nuestra «hambre» de comprensión y de verdad cada vez nos situaba en una posición más difícil y fatigosa, a veces llegando a experimentar lo que Sartre denominó «la angustia, el desamparo y la desesperación», ya que todo nos parecía abocado a un callejón sin salida desde donde una presunta libertad de pensamiento y expresión eran, cada vez más, [p. 21/432]  los presupuestos «dogmáticos», incuestionables e irrefutables que había que aceptar de modo incuestionable, lo cual nos resultaba avasallador y contradictorio, puesto que se presentaban con la bandera del avance, el progreso y la liberación. Sin embargo, algo se revelaba en nuestro interior (conciencia) que nos hacía no poder aceptar «ciegamente» lo que se imponía como una dictadura relativista ante temas tan vitales (de vida o muerte) para nosotros y, pensamos, para todo ser humano.

Consideramos que desde la idea que se tuviera de la realidad, de la sociedad, del hombre y de Dios, entre otros, dependía mucho el modo de vivir la vida, habiendo una gran diferencia e importancia entre una cosmovisión u otra. Al mismo tiempo, nos preguntábamos: ¿Acaso no hay una verdad que sea para todo hombre igual al margen de su cultura, ideología, religión o credo? ¿Merece la pena vivir la vida embriagados de placeres, pero sin sentido y sin felicidad? ¿Acaso los anhelos de plenitud del corazón humano, de verdad, bondad, belleza, amor… son insaciables? Etcétera.

En esta situación fue cuando, por fortuna, al modo de Chesterton (enMetamorfosis), descubrimos que había algo que ya existía —la filosofía cristiana— y que solo conocíamos a tientas y con demasiados prejuicios. Esto supuso un quitar esa «tela de araña», en palabras de Chesterton, y ver algo maravilloso y hasta entonces oculto. Nos arrojó mucha luz, pero no resolvía del todo, al menosa priori, todos nuestros interrogantes.

En la medida en que fuimos conociendo la filosofía de Tomás de Aquino, de Pascal y del personalismo, en general, encontrábamos respuestas a todos aquellos interrogantes que de modo espontáneo e intuitivo comenzaron a aflorar a temprana edad y que nunca nos abandonaron. No obstante, y estojustifica gran parte de esta tesis, se nos planteaba un problema (a veces conflicto) entre el tomismo y el personalismo.

Por un lado, desde la metafísica del Aquinate comprendíamos la dignidad del ser personal a nivel ontológico, y esto nos daba una gran fundamentación para tener bien claro que la dignidad personal era algo que pertenecía a todo ser humano por igual. Ser persona no era un privilegio de unos cuantos, sino la condición de todo ser humano sin excepción. En cuanto al personalismo, si por un lado nos hacía ver la centralidad de la persona y su excelsa dignidad, por otro nos confundía y nos hacía discrepar en la medida en que varios autores [p. 22/432]  personalistas desconfiaban de la metafísica, del ser sustancial y, al mismo tiempo, argüían que ser persona no es algo «con lo que se nace», sino que uno por medio de su obrar se hace persona. Es algo que se debe conquistar mediante acciones dignas del ser personal. Manifestamos un total desacuerdo ante esta posición, ya que justificaría muchas injusticias contra aquellos seres humanos que no son considerados «personas» (desde una ética consensuada) y constatamos que fácilmente se podía incurrir en una ideología desde el personalismo que se olvidara de la persona concreta y real.

En esta coyuntura, que para nosotros nunca fue superflua, nos encontramos con un gigante en el pensamiento filosófico que respondía de modo original y muy adecuado al atolladero en el que nos encontrábamos. Estamos hablando de Karol Wojtyła, con quien salvando las diferencias nos identificamos plenamente en su modo de filosofar desde la experiencia. Ya explicaremos en este trabajo cómo resuelve este problema y en qué consiste su méto