Capítulo 2
A Gato le daba miedo la señorita Larkins, hija del señor Larkins, el de la tienda de trastos. Era joven, hermosa y con una melena rojo fuego. Llevaba el cabello apilado en un moño sobre la cabeza con algunos mechones rojos sueltos que, con un efecto muy favorecedor, se enredaban con sus pendientes en forma de aro, perfectos para que se sentase un papagayo en ellos. Era una clarividente con mucho talento y, hasta que se dio a conocer la historia del gato, había sido la favorita del barrio. Gato recordaba que incluso su madre le había hecho algún regalo. Gato sabía que la señorita Larkins le estaba ofreciendo leerle el futuro porque sentía celos de Gwendolen.
—No, no, muchas gracias —dijo alejándose de la mesita llena de objetos de adivinación—. Estoy bien así. Prefiero no saberlo.
Ella avanzó hacia él de todas formas y lo agarró por los hombros. Gato se retorció. La señorita Larkins llevaba un perfume que gritaba «¡VIOLETAS!», los pendientes oscilaban como dos esposas y, al acercarse, su corsé crujió.
—¡Tontorrón! —dijo la señorita Larkins con su voz profunda y melodiosa—. No te voy a hacer daño. Solo quiero saberlo.
—Pero…, pero yo no quiero —protestó Gato sin parar de retorcerse.
—Estate quieto —ordenó la señorita Larkins mientras intentaba mirar en el fondo de los ojos de Gato.
Gato los cerró a toda prisa. Se resistió con más fuerza. Y quizá se habría soltado si la señorita Larkins no hubiese entrado en una especie de trance. Gato descubrió que lo agarraba con una fuerza que le hubiera sorprendido incluso en el Hechicero Verdadero. Abrió los ojos y se encontró con su mirada vacía clavada en él. Le temblaba todo el cuerpo y el corsé crujía como una puerta vieja agitándose al viento.
—¡Suéltame, por favor! —suplicó Gato. Pero la señorita Larkins no parecía oírle.
Gato agarró los dedos que se aferraban a sus hombros e intentó tirar de ellos. No fue capaz. Después de eso, lo único que pudo hacer fue mirar indefenso el rostro inexpresivo de la señorita Larkins.
Ella abrió la boca y produjo una voz muy distinta; una voz de hombre, animada y amable:
—Me has quitado un peso de encima, chaval —dijo la voz en tono alegre—. Va a ocurrirte un cambio muy importante. Pero has sido muy descuidado, ya has perdido cuatro y solo te quedan cinco. Debes ser más precavido. Te hallas en peligro al