CAPÍTULO 1
FARON
Faron Vincent llevaba más tiempo siendo mentirosa que santa.
Había aprendido desde temprana edad que las mentiras eran una especie de moneda de cambio. Eran capaces de comprar la libertad y de ganar el perdón. Podían alterar la realidad con mayor celeridad que cualquier tipo de magia. Una mentira bien dicha era mágica en sí misma, y Faron era de lo más convincente.
Aquella mañana había contado ya tres mentiras y cada una de ellas había gozado de cierto regusto a hechizo. Le había asegurado a su profesor que se esforzaría más por mejorar sus notas antes de que acabara el curso. Le había prometido a su hermana que se iría derecha a casa al terminar las clases. Y había jurado que no utilizaría ningún tipo de invocación para ganar a Jordan Simmons en aquella carrera.
¿Tenía ella la culpa de que siempre la creyeran?
Para ser justos, Faron no siempre era consciente de que estaba mintiendo en el instante en que las mentiras salían por su boca. Había tenido la sincera intención de cumplir al menos dos de aquellas promesas… Tal vez las tres, si le daba por mostrarse especialmente respetable. Pero alguien había corrido el rumor en el patio de que iba a perder clases para asistir a la cumbre, y los problemas se habían materializado en la forma de Jordan Simmons.
Si bien los adultos de la isla de Santa Irie consideraban a Faron una niña sagrada, no podía decirse lo mismo de sus compañeros de clase. Jordan se le había acercado en la verja de entrada del patio donde ella había estado haciendo cola para comprarse una bolsa de zumo. Hacía ese calor tan insoportable por el que se arrepentía incluso de estar viva y, aunque se había remangado la blusa, no había sentido alivio alguno. Había estado observando con tanto anhelo las nubes de escarcha que salían arremolinadas del carrito abierto del vendedor ambulante que no se había percatado de la presencia de Jordan hasta que este estuvo a escasos centímetros de ella.
—¿Otra vez vas a hacer novillos, Vincent? —se había burlado Jordan, flanqueado por otros dos chicos de quinto. Sus risotadas equinas habían puesto una nota discordante en lo que de otro modo habría sido un día armonioso. Para cualquier otra persona, aquello habría encendido todas las alarmas de peligro inminente. Para Faron, en cambio, solo había supuesto un incordio—. Ser la empírea es todo un chollo, ¿eh?
—Ojalá fuera uno de los buenos —había respondido Faron sin girarse—. Así no tendría que seguir oliendo el estiércol que sale de tu boca.
No se había molestado en mencionar la realidad de la guerra, ni las pesadillas persistentes ni las grandes expectativas que acarreaba el hecho de ser la infanta empírea. Cinco años atrás, cuando los dioses le otorgaron ese título y la habilidad única de invocar la magia infinita de estos, el único pensamiento que había rondado su mente era proteger Santa Irie. No había sido consciente de lo que estaba aceptando… ni