: Victor Serge
: Hombres en prisión
: Gatopardo ediciones
: 9788412577310
: 1
: CHF 8.90
:
: Erzählende Literatur
: Spanish
: 288
: Wasserzeichen
: PC/MAC/eReader/Tablet
: ePUB
Un testimonio estremecedor sobre el infierno carcelario, escrito por uno de los autores más perseguidos del siglo xx. Un ejemplo de rebeldía y de libertad interior. «Todo es ficción en este libro y todo en él es verídico -se advierte en el epígrafe de Hombres en prisión-. Mediante la creación literaria he tratado de extraer el contenido humano y común de una experiencia personal.» En 1912, Victor Serge, a la sazón editor del periódico L'anarchie, fue juzgado por asociación delictiva con la banda anarquista de Jules Bonnot. Su negativa a delatar a sus camaradas le valió una condena a cinco años de prisión en régimen de confinamiento solitario, que cumplió en las cárceles de La Santé y de Melun. Armado de una libertad interior y de un amor a la vida fuera de lo común, padeció y registró los rigores del cautiverio sin sucumbir a los embates de la enfermedad, la locura o la depresión. Este retrato sobrecogedor del infierno carcelario trasciende la confesión o el testimonio personal: como dejó escrito el propio autor, «no habla de mí, ni de algunos hombres, sino de los hombres, todos los hombres triturados en el rincón más oscuro de la sociedad». En sus páginas palpita una abigarrada multitud de seres anónimos cuya historia estaba destinada al silencio y al olvido: funcionarios y reclusos, policías y delincuentes de toda laya doblegados por una justicia cruel e inhumana. Escrito pocos años antes de que Serge fuera deportado a la región rusa de Oremburgo, Hombres en prisión es, por su altura literaria y moral, un hito imprescindible de la literatura penitenciaria. La crítica ha dicho... «Uno de los héroes éticos y literarios más imponentes del siglo XX.» Susan Sontag «Un libro excelente.» Christopher Hitchens «Un tratado sobre la experiencia de deshumanización que implica la cárcel.» Jordi Amat, Babelia «Adopta forma de novela para contar la experiencia del autor. Extraordinario.» Antonio García Maldonado «Mas allá de su compromiso político, pocas veces la vocación de revolucionario profesional habrá dado una prosa tan exquisita y honesta como la del admirable Víctor Serge.» Jorge Bustos, El Mundo «Una obra única por su realismo e irrepetible por su calidad.» El Debate

Victor Lvóvich Kibálchich (Bruselas, 1890-Ciudad de México, 1947), alias Victor Serge, nació en el seno de una familia de exiliados ruso-polacos. En 1912 fue encarcelado por su papel como agitador anarquista. Tras su liberación recaló en la Barcelona revolucionaria de la CNT. En 1919 viajó a Rusia y se unió a los bolcheviques. Su actitud libertaria y sus críticas a Stalin provocaron su expulsión del Partido y su breve detención en 1928. En 1930 fue arrestado de nuevo y deportado a Oremburgo. Gracias a las presiones internacionales y a las protestas de intelectuales como André Gide y Romain Rolland, pudo abandonar la URSS en 1936. Pasó el resto de sus días como un apátrida, hostigado por la pobreza y perseguido por la policía secreta rusa. Entre sus obras destacan Medianoche en el siglo (1939), El caso Tuláyev (1949) y Memorias de un revolucionario (1951).

1. La detención

Todo aquel que haya conocido de verdad la cárcel sabe que su abrumadora influencia se extiende mucho más allá de sus muros materiales. Llega un momento en que el hombre cuya vida va a ser triturada por la cárcel siente, con una claridad terrible, que el presente desaparece y con él toda realidad, toda actividad, todo lo que constituía su vida, a la vez que se abre un nuevo camino por el que avanza trastabillando de angustia. Ese momento glacial es el de la detención.

El revolucionario que vive bajo la amenaza constante del presidio o el cadalso y que en mitad de una calle transita­da siente de pronto que lo vigilan; el militante clandestino que, al regresar a casa por la noche, concluida su jornada de organización o periodismo, tiene la repentina sensación de que una sombra se pega a la suya, de que un paso decidido se superpone al suyo; el asesino, el ladrón, el contestatario, el hombre acosado por cualquier motivo, conoce bien la zozobra de ese momento, casi tan doloroso de presentir como de soportar, a despecho de toda valentía o presencia de ánimo. La única diferencia entre los cobardes y los que no lo son es que estos últimos, pasado el momento sin que un solo gesto haya delatado su conmoción, recobran el dominio de sí mismos. Los cobardes no se recomponen.

Yo he vivido ese momento más de una vez. Llegó en una ocasión tras cinco o seis horas de detención. Un policía de paisano había venido a buscarme a la redacción del periódico anarquista que yo dirigía. Se trataba, decía, de firmar el inventario de los objetos requisados aquella misma mañana durante el registro de mi domicilio. Yo entendí, pero no me sentí en absoluto alarmado. Porque la cárcel también es algo que llevamos dentro. Era un riesgo profesional con el que ya contaba y que no se me antojaba tan grave. En la jefatura de policía un rollizo inspector de la Sûreté, brutal de gesto y de palabra, me dijo con toda tranquilidad:

—Está usted en mi poder. Le van a caer seis meses de prisión preventiva, como poco. O suelta la lengua o le hago detener.

Detrás de él, a través de la ventana, vi a unos albañiles que estaban trabajando sobre un andamio. «Puede que esa sea una de las últimas cosas que verás en la vida», me dije, sin dar mucho crédito ni sentir ningún temor. Aún no había llegado el momento crítico.

—Deténgame—respondí, encogiéndome de hombros.

Así que me dejaron en aquella habitación espaciosa, con sus mesas y archivadores y sus diagramas antropométricos —«formas nasales, formas auriculares, cómo interpretar y elaborar una descripción»—, apaciblemente ocupado durante horas en leer varios periódicos de cabo a rabo, anuncios incluidos. Por la noche me llevaron al confortabilísimo despacho del subdirector de la Sûreté. Dos sillones de cuero frente a un gran escritorio, la luz tenue de una lám­para de mesa. Ante mí, en la penumbra, el semblante alargado, fino y regular del educado policía al que yo había guiado personalmente de la redacción a la imprenta aquella misma mañana. Me había tratado entonces con la prudente cortesía del buen sabueso que sabe que es preciso engatusar al adversario.

—Les entiendo perfectamente—me había dicho—. Conozco sus ideas. En los viejos tiempos también yo asistía a los mítines de F. Magnífico orador, magnífico orador… Pero ustedes han ido demasiado lejos, digo yo que no serán muchos…

Luego, de una ojeada fría, descuidada en apariencia pero rapaz, escudriñó las caras, los papeles, las cosas… e hizo detener a casi todo el personal.

En esta otra ocasión también se mostró muy amable. Parecía compungido incluso, pesaroso por tener que cumplir con su obligación. Insinuante, persuasivo, me incitó de nuevo a la delación.

—Lo sabemos todo. No podrá desvelarnos usted más que algún detalle circunstancial y ninguno de sus camaradas estará al tanto. Se ahorrará meses o años de cárcel. Ninguna clase de obligación moral le ata a esos miserables con los que, además, no tiene usted nada en común… ¡Vamos!

Fue entonces, mientras hablaba, cuando llegó el momento fatídico. En la penumbra del despacho yo no veía más que el ovalo pálido y sin brillo del rostro que tenía delante. Sentí una opresión en la garganta. Como dicen que les ocurre a los ahogados, vi sucederse en la pantalla de mi fuero interno, a una velocidad vertiginosa, una serie de imágenes deshilvanadas: una bocacalle, un vagón de metro, el andamio entrevisto horas antes. Las cosas se desvanecían. Respiré hondo e hice todo lo que pude por responder en un tono de voz normal.

—Enciérreme, pero sepa que tengo un hambre feroz. Les estaría muy agradecido si pudieran darme algo de cenar.

Era tarde, a esas horas lo tenía complicado. Pero en cuanto sacamos el tema me sentí otro hombre, más tranquilo, extrañamentelibre y dueño de mí. El momento había pasado. Acababa de franquear el umbral invisible. Ya no era un hombre, sino un hombre en