La interpretación de esa realidad bélica ha ido variando con el tiempo. Se ha esculpido en letra de oro en los libros de las historias nacionales de Francia, Holanda o Inglaterra el saqueo de sus piratas y corsarios, teniendo cuidado de borrar u olvidar las torturas a que fueron sometidos los habitantes de estas comarcas para que declararan donde estaban sus ahorros. De igual manera han borrado el recuerdo de las violaciones de criollas o españolas, negras o mulatas por algunos vecinos de Dieppe, Londres o Ámsterdam. En España se hizo memoria de esas crueldades, pero las aplicadas por los caballeros castellanos y sus descendientes a indios y luego a los africanos se dejaron en algún rincón del olvido. En la medida en que se afianzaban y enriquecían las potencias comenzaron las narraciones de los grandes combates navales de flotas, que poco tenían que envidiarle a la Invencible. La toma de La Habana por los ingleses devino en símbolo de lo sobredimensionado, hasta ese momento. Pocas veces se había organizado una escuadra de tales dimensiones para atravesar el Atlántico.
Parte de este universo es lo que hemos tratado de mostrar en estas páginas, explicado por autores de culturas y formas de pensar diferentes, de disquisiciones variadas. La interpretación de las contiendas caribeñas ha traído una especie de continuación de los enfrentamientos en el campo intelectual. Las llamadas guerras irregulares tan recurridas por los débiles, que son la mayoría, nos parece acercar a esa historia de los ciegos que querían conocer un elefante. El monarca de la región les ofreció la oportunidad dejando a su disposición un paquidermo. Cada uno fue interpretando el físico de la bestia según la parte tocada por sus manos. De igual manera, tales contiendas se interpretan desde los intereses y pasiones del presente. Los historiadores de las metrópolis o de las antiguas colonias desandan caminos muy diferentes impulsados por el nacionalismo de los nuevos países o el orgullo de las viejas metrópolis.
Un asunto tan elemental como la definición de qué es una victoria no está esclarecido en los más doctos textos sobre el pasado. Para unos es quedar dueños del campo, gracias a los cañonazos, cargas a la bayoneta o bombardeos de B 26, según la época. Para otros, los débiles, los irregulares, es quedar vivo de tales arremetidas, y encontrar un racimo de plátano, que no fue destruido en la última incursión de las tropas del gobierno, una jutía desprevenida, un panal de miel a nivel de la mano de un hombre. En fin, comer algo y seguir los caminos de la fuga, que por poco elegante que parezca es una constante de la guerrilla.
Todos los caminos parecen conducir a las estatuas de mármol de los grandes héroes nacionales que se levantan en las plazas más importantes de las ciudades caribeñas. Se ha olvidado a esa multitud de mujeres, niños y ancianos que alimentaron en lo material y lo espiritual a los héroes para que siguieran su andar de combates y de muerte. No hay nada más alejado de ese mármol de las estatuas que la vida de estos hombres y mujeres de la guerra, no necesitan de heroicos himnos sino de un poco de sancocho dominicano o ajiaco cubano, del simple sorbo de agua, o la carne de la hembra tan necesaria y buscada por los más encumbrados y gloriosos generales fundadores de pueblo.
El Caribe ha sido un entrecruzar de agencias de inteligencia que hace realidad la ficticia imagen de James Bond, los españoles desplegaron en la región una red de cónsules y espías tras los insumisos dominicanos de la guerra de restauración o los independentistas cubanos, británicos y estadounidenses lanzaron al galope sus agencias de inteligencia por la región buscando detalles de sus enemigos. Trujillo conformó lo que un historiador de esta ribera llamó una telaraña de agentes y confidentes que asesinaron o secuestraron a sus enemigos. Los cuerpos de inteligencia cubanos, de 1959 al presente, son un universo por conocer. Los que parecían asuntos menores, temas del folclor, más de interés de los novelistas y directores de cine de aventuras para entretener a un público ávido del exotismo de estas playas de cocoteros y mulatas, un día anunciaron la posibilidad del estallido de una contienda nuclear, un acontecimiento que ha recibido diversos nombres: crisis de los cohetes, de octubre, del Caribe, pero que tiene un criterio común: estuvo a punto, en 1962, de convertir este mundo en un planeta de pavesas.
Los trabajos reunidos en esta colección siguen un orden cronológico. Inicia la secuencia el de María Florencia Musante Grau, que nos acerca a un estudio necesario sobre el ejército español de la conquista, visto desde ambos lados del Atlántico. Su formación allá y su actuación acá. Un asunto poco tratado, pues tal parece que las huestes hispanas salieron de la nada para conquistar los imperios y las tribus.
La colaboración de Lourdes de Ita nos presenta a un personaje complejo, polémico y singular, Pedro Menéndez de Avilés, uno de los navegantes españoles más notables de su época y estratega para la expansión americana desde América. A continuación, Juan Carlos Rey González nos descubre que el Caribe venezolano fue testigo, y sus vecinos víctimas o participantes según el devenir de los acontecimientos, de un conflicto internacional entre Holanda y España. La guerra por la sal puede desencadenar ríos de sangre.
Por su parte, Ana Elvira Cervera ofrece un acercamiento muy interesante y novedoso a la batalla del cayo St. George, de 1798, desde la hermenéutica de la frontera, en la que el espacio y los sucesos ocurridos son comprendidos a partir del posicionamiento filosófico. En un lado se encuentra la novel nación beliceña que interpreta el pasado con el objetivo de naturalizar su legítimo derecho a estar ahí. Del otro, lo experimentado y narrado por la embestida española y la experiencia particular de la fracción inglesa, narrada a posteriori.
Arturo Taracena Arriola y Juan Carlos Sarazúa