El periódico es una enciclopedia menor que todo lo contiene… es un brillante insecto efímero; no vive sino un día, hace su ovación para mañana, y muere para siempre… Todos los elementos hierven en el periódico, y se tocan, y se entreveran, y de esta masa heterogénea se compone el material de que los hombres sacan sus políticos y sus sabios, sus estratégicos, sus capitanes y sus diplomáticos: ¿qué no se aprende en ese compendio prodigioso?, ¿qué no se ve por ese vidrio óptico?, ¿qué no se oye en esa cuerda pulsada por todas las manos? Si derrepente [sic] faltara el periódico a la hora de hoy, esa fuera la caída del sol, y el mundo volviera al caos primitivo. Por eso, nosotros que no tenemos periodismo, vivimos entre tinieblas, viéndonos las caras siniestras al resplandor lejano de estrellas de otros mundos: recibamos el bautismo de la prensa, si queremos ser cristianos de esta religión política, que gana terreno en todas direcciones.1
Un guayaquileño devenido serrano por haber entroncado con la clase política quiteña vía matrimonial, se hizo del poder en una circunstancia crítica de la vida del Ecuador, cuando el país estaba al borde de la disolución. Gabriel García Moreno encabezó este esfuerzo de dar consistencia a uno de los Estados difíciles de conformar en el continente, una de las formaciones territoriales complejas para cuajar como proyecto político estatal, de los muchos que compartieron esta condición. Varias propuestas habían fracasado desde que, en 1830, Ecuador se constituyó como Estado independiente, dentro de Colombia,2 y fue afianzando lentamente su existencia entre dos vecinos mucho más poderosos. Un “pequeño” entre dos grandes, país “niño” se complacían en tipificarlo, quizá como una disculpa ante sucesivos fracasos en la construcción nacional. Las elites serranas se sentían hartas de un proyecto liberal-democrático e igualitarista3 que las amenazaba con medidas transformadoras, en el momento en que los ingresos de aduana le permitieron suprimir el tributo. El quiebre que sufrió Ecuador en 1859 fue quizá el mayor de su historia, pero no el último. Estuvo a punto de desintegrarse en medio de regionalismos y de la atracción que ejercían sobre sus límites los vecinos fronterizos. Invadido el puerto de Guayaquil por Perú, desconocido el gobierno, formadas tres jefaturas supremas en las regiones y una república federal dentro del país, García Moreno se erigió como el único capaz de superar la crisis y reunificar a un Ecuador descuartizado. Desplegó un esfuerzo frenético para salvar la supervivencia del Estado territorial. Utilizó todos los métodos pragmáticos que pudo: desde ofrecer el protectorado a Francia, pasando por recrear la Gran Colombia, hasta concluir que debía aplicarse a constituir un gobierno centralista y autoritario que le permitiera conjurar el caos y la anarquía e impulsar el progreso.
Esos fueron los balbuceos iniciales. El proyecto político, como todos los que han existido, se fue labrando en el tiempo, en medio de avatares y luchas que no es el momento de describir. Bastaría atenerse a las oscilantes propuestas iniciales, por lo menos las dos ofertas de protectorado a Francia, en 1859, y desde la presidencia constitucional, en 1862, para comprender que las elites estaban confundidas y desanimadas. No eran las únicas en la región y como todas buscaban formas de organización que les permitieran salvaguardar sus jóvenes Estados. La figura de García Moreno adquirió tal realce que no sólo la época lo reconoció como elfactótum, sino que la historiografía no ha podido encontrar otra denominación para el periodo que la que emana de su nombre: garcianismo, garcismo o morenismo se dijo en algunos momentos.4
Pese a este protagonismo desbordante, y aunque resulte obvio, cabe señalar que García no actuó solo. Muchos lo acompañaron. Algunos convencidos de que habían encontrado en él al caudillo providencial y la figura idónea para imponer un proyecto, que acompañaban y promovían. Otros lo siguieron por tramos y con fuertes reservas en la mayor parte de ellos. Compartían muchas cosas, la búsqueda del progreso en el orden que permitiera superar la anarquía. Especialmente después que Francia, muy ocupada con su aventura expansionista, desistiera de aceptar el protectorado y les aconsejara conformarse con observar el modelo que aplicarían en México. Cobraron conciencia entonces de la pequeñez de su Estado, de la regionalización acentuada por las carencias en infraestructura de comunicaciones, en medio de una geografía con desafíos casi insalvables para la tecnología de la época; un Estado pequeño, poco atractivo y rodeado de vecinos peligrosos. Las elites lo rodearon porque prometía hacerse cargo del país, en serio. Por ello, le permitieron desbordes en su primera administración (1861-1865) pero también le impusieron algunos frenos. Así se implantó un primer gobierno, constitucionalmente acotado pero represivo, que desarrolló una acción modernizadora bajo los límites que le impuso el constante amague de la oposición a través de incursiones armadas.
En esas circunstancias y