I
Río Rhenus
31 de diciembre del año 406 d. C.
La densa niebla, que con la luz del alba teñía de plata las copas de aquellos árboles ribereños, estaba empezando a levantarse, lentamente, con la pereza de movimientos que solamente el invierno concede a la naturaleza. Un blanco intenso y poblado con los sonidos de la mañana inundaba el paisaje que durante varios minutos tuvo absorto a Cayo Verón, soldado de Roma.
Encuadrado en la tercera cohorte de una olvidada guarnición delimitanei que se asentaba en la margen izquierda del Rhenus, Cayo dejaba pasar sus días en un pequeño puesto fortificado ubicado en las estribaciones de las escarpaduras que dominan el transcurso del gran río, entre Bingium y Confluentes. Aquel lugar constituía un punto estratégico, como puesto avanzado, centinela dellimes, encrucijada de caminos y puerta de entrada al valle que, desde las empinadas laderas de aquella parte del curso del río, permitía el acceso directo desde Mogontiacum, base de la flota fluvial del Rhenus, a la antigua capital imperial, Augusta Treverorum. Esta, situada al oeste, a unas noventa millas de distancia, mostraba orgullosa las murallas y edificios oficiales que daban cuenta de su esplendor, un brillo que reflejaba una opulencia y prosperidad que terminaban abruptamente ante aquella frontera de agua que Cayo recorría cada mañana. Ellimitaneus pertenecía a una de las escasamente pobladas y siempre tardíamente pagadasalae de caballería que, junto con los restantes componentes de la cohorte, conformaban un grupo heterogéneo de guardias que, instalados en aquel fuerte, en sus mejores épocas no alcanzaba los quinientos hombres. Ahora, en el duro invierno del año 406 d. C., aquella tropa languidecía entre el frío, la nieve y el hielo, sosteniendo la defensa de la frontera en aquel sector con apenas trescientos soldados, acompañados de sus familias.
Cayo levantó la vista, mientras mantenía asidas las riendas de su caballo y palmeaba su lomo sudoroso. Aún no se vislumbraba la orilla opuesta del ancho cauce fluvial. Había cabalgado desde el alba por el sendero que, a modo de rudimentario paso de guardia, escoltaba esa margen del poderoso río a lo largo de su curso, uniendo los distintos enclaves, fuertes y torres de vigilancia que habían constituido jalones de un eficaz sistema de alerta, perfeccionado durante más de tres siglos. De hecho, él siempre había conocido aquellas viejas estructuras de madera. Cada una de ellas estaba rodeada por un foso rudimentario y provista en lo alto de grandes recipientes, preparados para encender un fuego de aviso que comunicara a las restantes, de forma inmediata, una señal de alarma ante cualquier incursión. Recordó el abandono que había alcanzado el mantenimiento de aquellos enclaves, hasta que hacía ya dos meses se instalaran en Augusta Treverorum las nuevas legiones que, al parecer, Rávena había decidido enviar a la frontera. Se decía incluso que el propiomagister militum, Estilicón, protector de Occidente, regente en su día de Honorio, el joven césar hijo del gran Teodosio, se había desplazado hasta allí para reorganizar las defensas imperiales, acompañado de un prometedor general, Quinto Flavio,magister militum praesentalis en la Galia, al mando de las legiones Martis y Septimani.Falta hacía, pensó Cayo en su momento, cuando conoció la noticia. Las tropas delimitanei eran evidentemente insuficientes para enfrentarse a todo lo que estaba ocurriendo desde hacía meses a