Este libro estudia la historiografía sobre México producida en Estados Unidos, que es uno de los avatares de su latinoamericanismo intelectual. Con esta corriente académica tengo –por decirlo de alguna forma– una relación ambigua, fronteriza, híbrida o hasta cruzada. Nací, me crié y me malcrié en un país –Puerto Rico– que durante más de un siglo ha mantenido una relación política directa con Estados Unidos –los habitantes de esta isla caribeña somos, incluso, ciudadanos estadunidenses–, pero que, por otro lado, culturalmente sigue siendo un país básicamente latinoamericano y caribeño. Fue en tan singular país donde por primera vez incursioné, como estudiante de licenciatura –o bachillerato, como se suele decir en mi país natal, siguiendo la práctica de Estados Unidos–, en la historia latinoamericana. Con el tiempo, esa experiencia habría de ampliarse y complejizarse –enriqueciéndose, sin duda– gracias a los estudios de doctorado que efectué en Columbia University, en la ciudad de Nueva York. Ahí terminé de convertirme en un tipo particular de historiador, nutrido por las corrientes intelectuales y académicas que sustentaban la historiografía y el latinoamericanismo estadunidenses en esos años. Entonces practiqué formas de investigación a las que me sentía inclinado desde mis años de estudio en Puerto Rico –como la historia económica y social–, pero que en Columbia fueron reforzadas gracias a la impronta de mi tutor, Herbert S. Klein, sin duda uno de los más destacados latinoamericanistas estadunidenses de ese momento y cuyos trabajos se distinguen por el uso de la cuantificación y los métodos estadísticos. De hecho, uno de los incentivos que tuve para ir a Columbia estribó en fortalecer mi conocimiento de esas técnicas y metodologías, muy de moda en esos años y muy adecuadas para los temas de investigación que más me interesaban en esos tiempos, en particular los sistemas agrarios y laborales en el Caribe.
Mas, de alguna forma, ese proceso de formación me fue convirtiendo, a la vez, en una suerte deobservador participante, en una especie de inconsciente etnógrafo: tuve, incluso, que adoptar el lenguaje de los “nativos” –los académicos estadunidenses que eran mis profesores y tutores–, y, como evidencia de mi “éxito” en tal empresa, escribir una tesis doctoral que mi tutor –sin perder su proverbial buen humor– siempre insistió en que debía estar redactada en un “standard English” que, al día de hoy, sigue siendo un total misterio para mí. Cabe señalar que la susodicha tesis –que versa sobre el campesinado de la República Dominicana– no ha tenido mal destino: cuenta con dos ediciones en español y al día de hoy, para mi orgullo, es reputada como una aportación significativa a la historiografía dominicana y caribeña. Con todo, en cierto sentido terminé convirtiéndome en un “American scholar”, si bien el grueso de mi labor académica se ha desarrollado en Puerto Rico y, en alguna medida, en la República Dominicana y en México, y ha sido escrita en español, mi lengua materna. Pese a ello, mi trabajo en el campo de la historia continúa nutriéndose de las tradiciones académicas e intelectuales estadunidenses, si bien ello es dosificado, en primera instancia, por mis orígenes y, después, por los fuertes nexos vivenciales e intelectuales que durante décadas he mantenido con la República Dominicana y con México. Uno de los resultados de esto es que mis percepciones acerca de las formas de hacer historia se han complejizado –y esto vale tanto para la hecha en Estados Unidos como para la elaborada en el Caribe y América Latina.
Comencé a adquirir conciencia de ese espinoso entrecruce hace varios años –más de los que quisiera admitir–, a raíz de una invitación a almorzar que me hizo Fernando Picó, mi compañero de labores en el Departamento de Historia de la Universidad de Puerto Rico (upr) y, además, uno de mis mentores en la disciplina. Mientras comíamos, mi antiguo profesor me refirió una de sus más recientes tribulaciones: había sido invitado por la Universidad de Michigan a impartir un cursillo que duraría dos semanas, pero tenía reticencias en aceptar debido a que no podía desatender sus clases en laupr. Le preocupaba sobre todo su curso de posgrado de Historiografía. Como era de esperarse –para eso puso el sagaz maestro la cascarita–, yo resbalé y le planteé que podría sustituirlo en ese curso. Eso sí, le puntualicé, de Heródoto, la patrística medieval y otros temas canónicos de la historiografía occidental no podría disertar; pero sí podría parlotear en torno a la historiografía latinoamericana. Por supuesto, en mi arrebato de profesor bisoño no me percaté entonces de mi atrevimiento. Aun así, el dómine aceptó con entusiasmo mi propuesta: Picó disfrutaría y yo sufriría; con todo, le agradezco su confianza, amistad y enseñanzas a lo largo de varias décadas.
Mientras Picó gozaba su romería universitaria, yo sobrellevaba la tribulación de cumplir con mi osada oferta. Confronté, evidentemente, los retos de todo esfuerzo de síntesis. ¿Cómo comprimir la evolución de un asunto complejo, que abarca un periodo pluricentenario y en el cual convergen una variedad de tendencias, interpretaciones, movimientos, ideologías y “escuelas”? Mis dificultades se acrecentaron al reparar que acerca de varios países latinoamericanos mis conocimientos sobre su historia y su historiografía eran harto precarios. Esto era así pese a que en una de las paredes de mi residencia colgaba un pomposo título doctoral obtenido en una prestigiosa universidad que se ha destacado por ser uno de los principales centros de estudio de la historia latinoamericana en Estados Unidos. De hecho, la mayoría de los cursos que tomé en