Introducción
Hacer de dos, uno; hacer de uno, dos: ideas de solidaridad
Gerardo Necoechea Gracia
Los textos cobijados entre estas tapas son resultado del trabajo de investigación individual y discusión colectiva en el Seminario de Historia Oral de la Ciudad de México. En el transcurso de 2015, los integrantes del seminario platicamos y reflexionamos acerca del tema para un trabajo en conjunto. Aspirábamos a repetir la grata y enriquecedora experiencia que desembocó en la publicación deEl sigloxx que deseábamos.1 El propósito de juntar cabezas era encontrar un concepto que permitiera hacer una lectura distinta de las entrevistas que cada uno había acumulado en su proyecto individual, tal como habíamos hecho con experiencia y expectativa en la anterior ocasión. Así, los productos de nuestra reflexión compartirían una misma pregunta, anticipando, por supuesto, muy distintas respuestas.
La primera sugerencia fue en torno a la comunidad. El disparador fue el libro de Zigmunt Bauman,Comunidad, que nos invitaba a indagar acerca de cómo concebían y cómo hacían comunidad los individuos entrevistados.2 Pero, y siguiendo a Bauman, la pregunta interesante era si la socialidad actual permitía seguir albergando nociones de comunidad referidas a condiciones anteriores y muy distintas. Bauman analiza la sociedad europea y concluye que las relaciones son efímeras porque las situaciones de los individuos son fluidas; de ahí la noción de lo líquido con la que Bauman ha analizado distintos aspectos de la sociedad actual. El examen del concepto nos llevó a la lectura y discusión de varios textos. Hay un debate interesante, sobre todo centrado en las diferentes aproximaciones entre el pensamiento social europeo y los planteamientos desde los estudios subalternos, y, en particular, en la visión de comunidad de pensadores que centran su reflexión en las comunidades indígenas de América. No obstante el interés intrínseco de esta polémica, no encontramos ahí asidero para nuestra curiosidad.
Sin embargo, a partir de la reflexión en torno a estas lecturas encontramos orientación para nuestro interés. Si nos interesaba la disposición de nuestros entrevistados para constituir colectivos con objetivos expresos, animados por un sentimiento de pertenencia y una conciencia de interés compartido, entonces uno podría preguntar acerca de las dificultades enfrentadas y los lazos invocados para buscar soluciones mediante acciones concertadas. Este cuestionamiento era más adecuado para nuestro propósito, puesto que el nudo del asunto aparece repetidamente y en múltiples escenarios en nuestras entrevistas. Comunidad, en cambio, parecía ser una conceptualización impuesta de antemano, para la que había que buscar ejemplos en las entrevistas. Solidaridad, nos pareció entonces, se ajustaba mejor a la idea de conceptualizar desde el terreno de las acciones descritas.
Al principio de nuestras discusiones coincidíamos en pensar que solidaridad significaba meramente juntarse varios para ayudarse. Pero no tardó mucho en asomar la discordia respecto de englobar en la idea de solidaridad cierto tipo de prácticas; en específico nos detuvimos a reflexionar acerca de lo que se denomina caridad en las prácticas católicas. Afloraron dos cuestiones en la polémica. La primera fue darnos cuenta que cada uno de nosotros tenía ideas firmes respecto de qué sí y qué no se consideraba solidaridad, y, en ese sentido, había ya un prejuicio, por así decirlo, en la discusión. La segunda consistió en reconocer que el vocablo que habíamos considerado sencillo y directo era en realidad complejo y polisémico. Aunque las diferentes maneras de significar la palabra permanecieron, cada uno de nosotros tuvo que esforzarse por explicar y justificar el particular contenido que adscribía al término, a la vez que reconocía otros posibles significados. Fue importante, en consecuencia, buscar también cuáles eran los elementos en común que permitían describir diferentes prácticas con una misma palabra.
Solidaridad proviene del lenguaje jurídico, antes que del político o de las ciencias sociales. En el derecho romano se utilizaba para describir la responsabilidad compartida de un grupo frente a una deuda, o el derecho compartido de los acreedores; el grupo asumía la responsabilidad del individuo. Ese significado de deudor solidario sigue en uso. Proviene, asi mismo, del lenguaje tecnológico y de la construcción: la acción de soldar partes para formar un todo más resistente.3 En el