El presente libro es fruto del trabajo realizado en el seminario de investigación Historia de la Educación Física y los Deportes en México, que desde 2017 inició sus actividades en el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora. Este espacio de discusión y reflexión académica surgió del interés mostrado por algunos de sus integrantes, quienes analizábamos de manera individual y aislada –en nuestras instituciones o centros de formación académica– en el pasado deportivo en México. De hecho, no nos conocíamos; y apenas comenzamos a saber unos de otros a través de nuestras publicaciones recientes o porque coincidimos casualmente en congresos y coloquios convocados en torno a otras temáticas historiográficas, en los que colamos la presentación de nuestros temas.
Y es que la historia de la educación física y los deportes eran temas poco o nada apreciados por quienes, apegados a una visión tradicional del quehacer histórico, suponían que poco podían aportar. Es probable que consideraran superficiales nuestros objetos de estudio e incapaces de ofrecer explicaciones que contribuyeran a hacer comprensible el proceso histórico de nuestra sociedad o de vincularse con los grandes temas nacionales y globales. Quizá suponían que estas temáticas ofrecían limitadas posibilidades para satisfacer las razones que legitiman a la historia académica; esto es, conocer el pasado para entender mejor nuestro tiempo, y así asumir como sociedad los retos del presente. Con seguridad desconocían la enorme influencia que la educación física ha tenido desde el sigloxviii, así como el deporte desde el sigloxix en las sociedades, y no habían reflexionado en los múltiples y variados aspectos que vinculan su historia con la sociedad, la política, la economía, la ciencia, la tecnología, el arte y la cultura. Sorprende que, contando con tantos y excelentes historiadores dedicados a la educación en México, la educación física haya sido ignorada del todo.
Se puede afirmar que unas de las actividades que más distinguen al México actual son, sin duda, la incorporación de la educación física y las prácticas deportivas en sus modalidades amateur y profesional en la vida cotidiana de nuestra sociedad, así como la generación de millones de aficionados que siguen los éxitos y fracasos de los equipos y deportistas de alto rendimiento de su elección; además de que gran parte de la población se ve, en mayor o menor medida, envuelta en el amplio universo de intereses políticos, económicos, científicos y culturales que han acompañado a la historia de esas prácticas. Incluso aquellos que no gustan de ellas, pues es evidente que vivimos inmersos en una cultura deportiva que, como sostiene Miguel Esparza, “ha propiciado la creación de todo un sistema que ha producido una moda, un mercado de bienes y servicios, una tradición, una conciencia y un mundo propiamente deportivo”.1 La fuerte presencia de esa cultura se hace contundentemente evidente cuando observamos que más allá de la atmósfera deportiva que nos rodea –vestimenta, anuncios, publicidad, edificaciones monumentales, espacios de recreación y sociabilidad, escándalos, etc.–, los valores en que se sostiene la legitimidad de la educación física y los deportes –construidos desde el sigloxviii– han sido interiorizados, me atrevo a sostener, por toda la población urbana mundial.
La creencia –en el sentido que Ortega y Gasset diera a ese concepto– en la salud física y mental que proporcionan la educación física y la práctica amateur del deporte, así como los beneficios que posee como medio para civilizar y promover en los individuos principios de conducta altamente estimados por la sociedad neoliberal, como son disciplina, constancia y competencia, revelan el significado que esas actividades tienen en nuestra cotidianidad. Esto también se observa en la incorporación del lenguaje propiamente deportivo para expresar otras realidades. Sirva de ejemplo la afirmación reciente que en relación al desempeño de las autoridades federales para contener la epidemia provocada por el virus SARS-CoV-2 y, en particular, sobre el uso de tapabocas expresó un periodista en un diario de circulación nacional, en el cual afirmó: “La verdad de las cosas es que, en esto, el doctor Gatell pierde por goleada.”2 O en el modelo esbelto y fuerte que se exige a los cuerpos para ser considerados hermosos.
El deporte en México es hoy pensado como un ejercicio físico que permite mantener un cuerpo sano y modelar uno estético; es practicado por algunos sectores de la población sin distinciones sociales, económicas, culturales, intelectuales, partidistas, religiosas, de género o edad. Es una actividad que ha provocado que surjan y se consoliden diversos oficios y profesiones, mueve recursos económicos extraordinarios, proporciona diversión y desarrolla importantes sentimientos de pertenencia, orgullo y, en muchas ocasiones, es motivo de gran decepción.
La educación física y el deporte son promovidos –bien o mal, es otro asunto– por el Estado como actividades que favorecen el bienestar físico y emocional de la población, y son valorados como uno de los recursos más importantes con que se cuenta para favorecer el desarrollo integral de la población, reducir los índices de violencia, de consumo de tabaco, alcohol y otras drogas, y los de mortalidad y discapacidad causadas por las enfermedades no transmisibles, las cuales afectan más a la población nacional y generan un alto costo al erario, como la diabetes mellitus, las enfermedades isquémicas del corazón y las enfermedades cerebrovasculares; el sobrepeso y la obesidad, los cuales son dos de los principales factores de riesgo que detonan a las anteriores, y la depresión, que es una de las principales enfermedades que inciden de manera negativa en los años de vida saludable y productiva de la población mexicana.3 Esta valoración positiva respecto a su importancia para mejorar la salud física de la población nacional ha sido resignificada a la luz de los terribles datos estadísticos que demuestran los altos índices de letalidad que la Covid provoca como consecuencia de las comorbilidades asociadas –diabetes, obesidad e hipertensión– en la población nacional.4
Pese a todos los esfuerzos desplegados por el Estado para