el largo silencio
Caminando por los pasillos del monasterio, fray Agustín toma rumbo hacia el dormitorio, se detiene y nota que hay algo extraño en una de las celdas. Se siente, se ausculta de arriba a abajo. Da palmadas alrededor de su cuerpo pero no identifica en dónde nace su confusión. No percibe ningún ruido y sin embargo hay algo en el silencio que le incomoda. Que lo perturba. Parecería que todo marcha con tranquilidad, sin ninguna sorpresa, que la extrañeza que siente no es más que una corazonada malentendida. Al retroceder unos pasos para cerciorarse de no haber arrojado nada al suelo, mira de reojo y descubre que fray Ambrosio lee las páginas de un libro sin cantar lo que se va leyendo. Agustín lo mira atónito. No entiende por qué su amigo no recita lo que sus ojos van leyendo en papel. Un susto le recorre el cuerpo y el acto provoca un escalofrío prolongado: Ambrosio está leyendo en silencio, callado, y san Agustín teme que el mal ronde entre los pasillos de la abadía.
En el siglo de aquellos santos, la lectura no podía hacerse sin cantar o recitar en voz alta las líneas que iba siguiendo la mirada. Sabiendo que muchos libros habían sido prohibidos por la Iglesia, se leía en voz alta para que los frailes y feligreses en los templos escucharan lo que estaban leyendo los demás hermanos y hubiera completa certeza de que el texto que se estudiaba correspondía con las palabras consideradas sagradas, y que estas no alimentaran alguna perversión como la risa o cualquier otra insinuación carnal. ¿Sería digna cuestión de debate considerar que la palabra escrita sin compartirse en voz alta estimula el pecado?
La palabra escrita trae consigo ideas que nutren la conciencia y despiertan la imaginación. La palabra en tinta apuntala la memoria y transmite ideas, información y conocimiento. La Iglesia lo entendía perfectamente bien y concentró el saber escrito dentro de las bibliotecas de las abadías y obligaba a los lectores a cantar lo que se leía, como también mantenía a los copistas trabajando larguísimas jornadas en ejemplares encadenados a losscriptoriums de las salas de lectura. La imaginación no estaba permitida, o bien se limitaba su uso, y más aún la interpretación de la palabra. Acceder a un libro era prácticamente imposible a menos que uno decidiera profesar su fe dentro de la Iglesia y dedicar su vida al servicio de Dios. Se leía no por ocio sino para alcanzar la virtud.
Siglos después del susto que viviera san Agustín, el impresor alemán Johannes Gutenberg desarrolló y estandarizó en 1440 una máquina que cambiaría cada coma, punto y párrafo de los libros. La imprenta de tipo móvil aglutinaba en su función una serie de técnicas y prácticas que permitían capturar el contenido de un libro más rápido de lo que tardaba en hacerlo un copista a mano en algún monasterio. Por primera vez desde la lectura callada de Ambrosio, el libro vivió un cambio sustancial y revolucionario: Gutenberg no solo aceleró la forma de copiar un texto para imprimir su famosa Biblia, sino que también provocó que en muchas cabezas se comenzara a cocinar la idea –como en caldero hirviente de sopa– de acceder por primera vez a un libro.
Con la imprenta ya en marcha, el teólogo y fraile alemán Martín Lutero, gran conocedor de la Biblia, se percató de que muchos de los sacerdotes no predicaban lo que en realidad escribían las Sagrad