Yuzzel Alcántara Ceballos*
Si hay una columna de hierro sobre la cual se sostiene la historia de la humanidad, es la lengua. La aparente firmeza con la que se erige no es, en cambio, inquebrantable. Hay épocas en las que la plomada se marea, su forja reblandece y por muy poco se derrumba.
El siguiente ensayo parte de las reflexiones que reúne Adán Kovacsics en el libroGuerra y lenguaje, allí nos da algunas pistas sobre los hilos que se tensan, enredan, cosen y descosen cuando la guerra penetra la lengua. En el horizonte que el autor propone, las meditaciones que realizaron algunos filósofos y pensadores en medio del fragor de la primera guerra mundial no corresponden a un asunto de mera coincidencia o casualidad. La catástrofe de la guerra provoca también una “catástrofe de la palabra” ante la cual “hay quienes enmudecen; algunos reaccionan con el silencio; otros […] con la parálisis”.1 No fueron pocos los pensadores que percibieron esta volcadura en la lengua, algo se había desprendido en su interior: una fractura en la médula. Para Kovacsics, el hecho de que algunos hayan dedicado su trabajo filosófico a la reflexión de la lengua se debe a que sintieron el desgarro estando adentro. Y había que nombrarlo, acercarse a su comprensión.
Dos de los filósofos que meditaron sobre la lengua mientras tenía lugar la primera guerra mundial fueron Karl Kraus y Walter Benjamin. Ambos prefirieron hospedarse en el silencio –salvo en contadas ocasiones que tuvieron que exponer las razones de este para salvarlo del malentendido– antes que expresarse en contra de la guerra sin más, pues, desde su concepción, su voz habría “significado añadir una voz más al discurso”,2 o lo que es lo mismo, añadir palabras que estallarían en cenizas al primer estruendo del cañón. Hablar era como aceptar caminar con los ojos vendados sobre un terreno pantanoso y minado. En palabras contundentes de Karl Kraus: “Los que ahora no tienen nada que decir porque el hecho tiene la palabra siguen hablando. ¡Quien tenga algo que decir, que dé un paso al frente y calle!”3 En el marco de la guerra, Kraus daba argumentos para callar: “en esta época ruidosa, que retumba con la escalofriante sinfonía de hechos que provocan noticias y de noticias que tienen la culpa de los hechos: en una época así, de mí no esperen ni una sola palabra propia. Ninguna salvo esta, que aún protege al silencio del malentendido. Así de profundo es el respeto que guardo por la irrevocabilidad del lenguaje, por la subordinación del lenguaje a la desgracia.”4
Aun en una época que desbordaba ruido, palabrería, cañonazos y llanto, el silencio no fue abatido. Al contrario, se volvió un lugar del orden de lo vital: “el lugar donde se guarda y se protege el verbo ante el arrasamiento, el cajón donde se esconde el tesoro ante las tropas”,5 “callar respondía […] a algo que se había producido en el interior del lenguaje y que provocaba tal reacción”.6
Siguiendo el hilo de argumentos expuesto por Kovacsics, nos interesa poner el acento en el hecho de que “callar” no corresponde tanto a una elección humana como a una exigencia que mandata la propia lengua. Si concordamos en ello, entonces asumimos que hay algo vivo en la lengua o de vida en la lengua –y no nos referimos a una lengua viva que nos colocaría en el orden de la presencia, intentamos pensar la vida en la lengua en el orden de la trascendencia– cuyo vientre de pronto se torna amniótico, dejando huérfano y en medio de una atmósfera carente de oxígeno a quien antes residía en él. Esta vida en la lengua de la que hablamos se manifiesta, de hecho, en el silencio, y con más nitidez y precisión aún, en el efecto efervescente que este tiene.
Con el propósito de ampliar las relaciones que se tensan entre la lengua y la guerra, este ensayo se propone pensar a la lengua como sujeto con vida propia que piensa y que siente entre, al menos, dos, así como subrayar el estrecho vínculo que existe entre la lengua y el tiempo. Entonces hablaremos también del tiempo, de sus usos y de sus horas, de cómo la guerra pone en marcha un reloj que marca los latidos de la sangre derramada por los muertos, pero bien adentro de los descendientes.
Y, sobre todo, destacaremos la fecundidad de una especie de amorío que nace entre la lengua y el tiempo, latente y en acto entre todos los pueblos en resistencia. Un amorío que como todo amor clandestino no puede sino ser libertario.
Los silencios entran por diferentes vías a la historia. Se multiplican en tiempos de guerra y en los tiempos en los que se escribe la historia de esas guerras, pero no sólo allí. Michel-Rolph Trouillot ha hablado de cómo varía la composición química de los silencios, no todos tienen la misma estructura, e incluso, nos dice, son inherentes a la historia: condición de posibilidad para que cualquier cosa se convierta en un acontecimiento. Los silencios acompañan al hecho desde el momento de su nacimiento: “Siempre se deja fuera algo, a la vez que siempre se registra otra cosa. No hay una clausura perfecta de ningún acontecimiento, aunque queramos definir sus fronteras. […] En otras palabras, los propios mecanismos que hacen que cualquier registro histórico sea posible también aseguran que los hechos históricos no sean creados iguales.”7 El historiador haitiano no se refiere únicamente a los silencios que son creados conscientemente, por alguna preferencia política, por ejemplo, y a la consecuente voluntad de omisión. También nos habla de los silencios que son creados involuntariamente por las fuerzas invisibles del poder.8 Los esquematiza en cuatro tiempos en los cuales el poder humano no goza siempre de un poder de intervención. “Los silencios entran en el proceso de producción histórica en cuatro momentos cruciales: el momento de la creación del hecho (la elaboración de las fuentes); el momento del ensamblaje de los hechos (la construcción de los archivos); el momento de la recuperación del hecho (la construcción de narraciones); y el momento de la importancia retrospectiva (la composición de la Historia en última instancia)”.9