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El preso
Alguien se ha cagado encima. Mopar Horn no sabe si ha sido un carcelero o un preso, pero el salón de la casa apesta tanto a mierda que se le saltan las lágrimas. Mopar se las enjuga. Está en cuclillas, apretado contra un piano de pared y agarrado a una pata cabriolé mientras el mundo trata de desaparecer bajo sus pies.
—Cálmate de una puta vez y lo aflojamos —dice Mitch Howard desde la puerta. Sigue con la gorra de uniforme que se puso para que los guardias de las torres no vieran que es negro. Le queda pequeña y le baila sobre la coronilla cuando habla.
—¿Qué? —responde Mopar—. ¿Qué coño has dicho?
Con la carrera, a Howard se le han torcido las gafas de montura metálica. Se las coloca sobre la nariz con un dedo índice tan gordo como el brazo de un bebé. Se pasa el día levantando pesas.
—Se lo digo a esos.
Esos son los tres carceleros que hay arrodillados sobre la alfombra roja del salón. Tienen las manos esposadas a la espalda y la cara a punto de reventar como un tomate maduro. Dos han llegado a la conclusión de que lo mejor es no moverse y poner toda su atención en respirar, pero el rubio se ha llevado las esposas hasta el tacón de las botas con punta de acero y forcejea. El aire le sale en gañidos desgarrados a través del hilo de cobre que lo estrangula y la espalda se le hincha bajo la camisa, por las muñecas chorrea sangre que desaparece en la alfombra.
Sangre roja, canapé rojo, butacas rojas, cortinas rojas, una lámpara de mesa con la tulipa roja. Hasta las lucecillas del árbol de Navidad son rojas. Mopar se seca la frente con la manga de la camisa de uniforme y parpadea para aclararse la vista, pero no se va el puto rojo. También se oye algo. Un sonido rojo. Un gorgoteo o un latido, como si bombeara sangre. ¿De dónde coño sale? Mopar se agarra el nudo de la corbata, tira hacia abajo, luego hacia arriba y se la saca por la cabeza. La lanza contra la pared.
—¿Dónde se han metido todos? —dice—. ¿Dónde están?
Nadie responde. La anciana está hecha un ovillo en el canapé, el pelo desteñido lo lleva recogido en la nuca, igual que si le hubieran incrustado un pedazo de madera en el cráneo con un clavo de carpintero. Los otros dos presos, Wesley Warrington y Bad News Dixon, están despatarrados en unas sillas. No había uniformes para todos, así que siguen con los tejanos y las chaquetas azules de prisioneros.
Y allí no hay nadie más. En cambio, por el portón norte escaparon doce cuando menos. Mopar lo recuerda.
—¿Dónde están los demás cabrones?
—Se han largado por su cuenta —dice Howard—. Solo quedamos tú y yo, Warrington y Bad News. Ese era el plan.
—No lo recuerdo. ¿Qué plan ni qué niño muerto?
—El plan es mío —dice Howard—. No te estrujes la mollera, que bastante tienes ya.
—Hay que joderse. —A Mopar se le abotagan los sesos y tiene que respirar por la boca. Su cráneo es una olla a presión que amenaza con explotar—. ¿Ya han dado la alarma? No oigo la sirena.
—Tú tranquilo, campeón —dice Howard—. Céntrate en la respiración.
Al oírlo, Mopar tiene la tentación de vaciarle la escopeta que fabricaron en la cárcel. Si me tratas como a u