: Serge Latouche, Didier Harpagès
: La hora del decrecimiento
: Ediciones Octaedro
: 9788499213422
: 1
: CHF 4.50
:
: Soziologie
: Spanish
: 128
: DRM
: PC/MAC/eReader/Tablet
: ePUB
El crecimiento económico se ha vuelto insostenible para nuestro entorno. Pero la hora del decrecimiento no es solamente la de la urgencia ecológica, sino que, como proponen los autores, debe ser el momento de rehabilitar el tiempo, de trabajar menos para vivir mejor y de inventar nuevas formas de vida para recuperar el placer de la sobriedad. El célebre economista y especialista del decrecimiento Serge Latouche, junto con Didier Hapagès, profesor de Ciencias económicas y sociales, ambos militantes del decrecimiento, exponen con claridad el proyecto decreciente en este libro breve y conciso. Una lectura básica para todas aquellas personas que deseen abordar en profundidad los temas y las propuestas del decrecimiento.

Serge Latouche, célebre economista y filósofo francés, es profesor emérito en la Facultad de Derecho, Economía y Gestión de la Universidad París-XI (Orsay), especialista y militante del decrecimiento. Es presidente de la asociación de los Amigos de Entropia (Revista de estudio teórico y político del decrecimiento) y autor de numerosas obras: Pequeño tratado del decrecimiento sereno, Decrecimiento, posdesarrollo, La apuesta por el decrecimiento y Sobrevivir al desarrollo, La apuesta por el decrecimiento, La sociedad de la abundancia frugal (publicados en Icaria) o La hora del decrecimiento y Salir de la sociedad de consumo (publicados en Octaedro).

Ha llegado la hora

En los años sesenta, el humorista Pierre Drac advertía: «Es aún demasiado pronto para decir si es ya demasiado tarde». Desgraciadamente, hoy en día este ya no es el caso. Tras el cuarto informe del IPCC (Grupo intergubernamental de expertos sobre el cambio climático) del año 2007, y más aún tras su actualización por los climatólogos en la reunión de Copenhague de marzo de 2009, sabemos que en lo sucesivo es demasiado tarde. Incluso si detuviéramos de un día para otro todo lo que engendra un rebasamiento de la capacidad de regeneración de la biosfera (emisiones de gas de efecto invernadero, contaminaciones y depredaciones de toda naturaleza), dicho de otro modo, aunque reduzcamos nuestra huella ecológica hasta el nivel sostenible, tendremos dos grados más antes de finales de siglo. Esto significa zonas costeras bajo el agua, decenas si no cientos de millones de refugiados del entorno,1importantes problemas alimenticios, escasez de agua potable para muchas poblaciones,2etc. Dicho de una forma más prosaica: «Es de temer que la expresión “respirar aire puro” sea para nuestros hijos un uso de las lenguas muertas».3

En diciembre de 2009 tuvo lugar en Copenhague la cumbre de la ONU sobre el clima al final de la cual los diferentes Estados debían llegar a un acuerdo con el fin de frenar el alza global de las temperaturas. Fue, una vez más, la cumbre de la incoherencia. Los gobiernos actúan sobre la marcha, privilegian el corto plazo y mantienen su ideología del crecimiento. La demagogia verbal, los anuncios al inicio de la conferencia y las gesticulaciones mediáticas parieron finalmente unos compromisos insuficientes o poco apremiantes que no impedirán la realización de proyectos controvertidos como, por ejemplo, el desarrollo de la red de autopistas francesas, acompañado de una reactivación de la industria del automóvil sustentada de manera espectacular por nuestros dirigentes políticos. ¡No habremos pues evitado lo peor!

En 1974, René Dumont, agrónomo y candidato ecologista a las elecciones presidenciales, nos había advertido: «Si mantenemos la actual tasa de expansión de la población y la producción industrial hasta el próximo siglo, este no terminará sin el hundimiento total de nuestra civilización.4 Por su parte, el filósofo André Gorz insistía de nuevo en 1977: «Sabemos que nuestro mundo se extingue; que si continuamos como hasta ahora, los mares y los ríos serán estériles, las tierras carecerán de fertilidad natural y el aire resultará irrespirable en las ciudades y la vida constituirá un privilegio al que solo tendrán derecho los especímenes seleccionados de una nueva raza humana […].»5

Hoy la catástrofe ya se ha producido. Vivimos la sexta extinción masiva de las especies.6 La quinta, que se produjo en el Cretácico hace sesenta y cinco millones de años, había visto el fin de los dinosaurios y de otros grandes animales, probablemente a consecuencia del choque de un asteroide. Sin embargo, esta sexta extinción presenta tres diferencias no desdeñables en relación con la precedente. De entrada, las especies (vegetales y animales) desaparecen a una velocidad de cincuenta a doscientas al día;7 un ritmo de 1.000 a 30.000 veces superior al de las hecatombes de l