1
Travis
El lago brillaba más allá de los árboles cuando abrí la puerta de casa de mi hermano. El chirrido de las bisagras oxidadas rompió el silencio de la tranquila tarde de verano, ruido al que se unió rápidamente y de forma bulliciosa el golpe de la valla y la carrera de mis sobrinos —y de varios perros callejeros— desde el exterior, cuando subieron a toda velocidad por el patio en cuesta para recibirme.
—¡Tío Travis! ¡Tío Travis! —gritaban los chicos al unísono mientras sus cortas piernas los llevaban rápidamente cuesta arriba, con los perros ladrando y saltando alrededor. Los canes movían las colas de una manera que habría permitido que cualquier ladrón armado o asesino en serie que entrara en la propiedad pensara que era más que bienvenido a unirse a la familia.
Me reí cuando Connor y Charlie llegaron hasta mí; me agaché y los cogí a cada uno con un brazo.
—¡Tengo dos estómagos! —declaró Connor—. Lo dice papá.
—Es típico de los Hale —expliqué—. Forma parte de la forma en que crecemos y…
—¡Creo que yo tengo tres! —declaró Charlie, para no ser superado por su gemelo.
Miré con curiosidad su estómago y usé los dedos para hacerle cosquillas en el costado. Charlie aulló de risa. Los perros se metieron entre mis piernas, y esquivé al de pelaje marrón, que parecía estar siempre sonriendo. No me fiaba de él ni un pelo. Cualquier ser que sonriera de esa forma constantemente estaba, sin duda, loco.
—¿Has visto alguna vez un elefante, tío Trav? —preguntó Charlie.
—En persona no…
—¿Y un oso? —soltó Connor.
—He visto demasiados para…
—¡Los elefantes pesan más que los coches!
—¡Los osos duermen todo el invierno! Se llama hibernación.
—¿Hiber-nación? ¿Qué es una nación? —pregunté.
—¡Probablemente sea un culo peludo! —susurró Connor en voz alta mientras, ladeado hacia Charlie, ahuecaba la mano sobre la boca.
Entonces los dos niños comenzaron a reírse a carcajadas, y sus pequeños cuerpos temblaron de hilaridad. Yo también me reí, porque si eras un humano del género masculino, las palabras «culo peludo» tenían gracia, tanto si tenías cinco años o más de treinta.
O incluso ciento cincuenta,pensé.
—Chicos —llamó Bree, saliendo al exterior, con Averie, de seis meses, en brazos—. Dejad que vuestro tío recupere el aliento. —Me sonrió—. Hola, Travis.
—Bree. —Cuando dejé a los niños en el suelo, capté la leve inclinación de cabeza que Charlie le hizo a Connor antes de que tropezara. Me adelanté y lo pillé antes de que cayera al suelo de madera del porche.
—¡Ajá! —gritó Connor en tono triunfante desde el otro lado, sosteniendo el paquete de chicles que me había sacado del bolsillo mientras yo rescataba a su hermano de su falsa caída.
—Dios mío, sois unosninjas—dije, orgulloso de su sigilo, chocando los cinco con ellos.
Se rieron y Bree los miró con desaprobación mientras se apoyaba la única mano disponible en la cadera.
—No se roba, niños. —Volvió su mirada hacia mí—. ¿No se supone que eres la ley?
—¿Quién lo ha dicho?
—Los vecinos de Pelion, al parecer.
—Ah, es cierto. Ahora lo recuerdo. Vuestra madre tiene razón. Robar os co