I
EL 11 DE AGOSTO del año de 1480, la flota invasora del sultán Mohammed II capturó la ciudad costera de Otranto, y con ello obtuvo una cabeza de playa en la Italia continental.
Cuarenta y seis galeras del poderoso Imperio otomano, impelidas por el abrasador viento de levante, llegaron a la costa justo antes del amanecer. En la primera hora de la tarde, la ciudad ya estaba en manos del joven comandante del sultán: Shan Khara.
Él no esperaba otro resultado. Su fuerza consistía en tres mil jenízaros —la élite imperial—, junto al mismo número de tropas de apoyo y doce pesados cañones. Éstos disparaban rocas de ciento cincuenta kilogramos, y Shan Khara disparó sólo un tiro de cada uno. Era el mejor artillero de toda Turquía y no le gustaba desperdiciar municiones.
Sus oponentes, los defensores de Otranto, eran menores en número y traían baja la moral. La guarnición contaba con apenas mil hombres armados, divididos en partes iguales por exiliados venecianos y napolitanos y por mercenarios fracasados. Otranto era una ciudad bastante agradable, aunque algo remota y desolada, con una población de más de veinte mil personas, pero para el soldado común ser apostado en ella era considerado como una sentencia a prisión que debía ser cumplida en la cloaca de Italia.
Esa sentencia la tenía bien merecida su comandante, el envejecido condotiero Segismundo Malatesta, por quien incluso el criminal más curtido de la tropa sentía una callada admiración, mezclada con desdén.
En sus días mozos, Segismundo Pandolfo de Malatesta había sido llamado el hombre más salvaje del mundo civilizado.
Había envenenado a su primera esposa y estrangulado a la segunda; había cometido incesto con su propia hija, y había violado a las hijas de muchos otros —habría que añadir que, ecléctico en sus preferencias sexuales, también había violado a los hijos—. En una célebre ocasión había violado el cadáver fresco de una joven noble alemana, asesinada accidentalmente por sus secuaces cuando intentaban secuestrarla. Excomulg