No es tiempo de espectadores
Primero siempre ungraciasy unaalegríapor encontrarnos de nuevo, por volver a estar ahí. Cada vez que escribimos un libro pensamos que la introducción y el cierre los añadirá el notario porque no habremos sobrevivido. Pero aquí estamos, acompañándonos y respirando.
Aunque no lo sepamos, los libros se escriben al revés. Esa ilusión óptica del índice en la que los números se portan bien y el 1 va después del 2, es un espejismo. Y es una suerte para el lector que la introducción se cierre cuando hemos terminado. Porque si la escribiéramos al principio, nos habría pasado, según se dice, como a un niño al que le pidieron una redacción sobre animalitos1.
El pájaro del que voy a hablar es el búho. El búho no ve de día y de noche es más ciego que un topo. No sé gran cosa del búho, así que continuaré con otro animal que voy a elegir: la vaca.
La vaca es un mamífero. Tiene seis lados: el de la derecha, el de la izquierda, el de arriba, el de abajo. El de la parte de atrás tiene un rabo, del que cuelga una brocha. Con esta brocha se espanta las moscas para que no caigan en la leche. La cabeza sirve para que le salgan los cuernos, y además porque la boca tiene que estar en alguna parte. Los cuernos son para combatir con ellos. Por la parte de abajo tiene la leche. Está equipada para que se le pueda ordeñar.
Cuando se le ordeña, la leche viene y ya no para nunca. ¿Cómo se las arregla la vaca? Nunca he podido comprenderlo, pero cada vez sale con más abundancia.
El marido de la vaca es el buey. El buey no es mamífero, la vaca no come mucho, pero lo que come, lo come dos veces, así que ya tiene bastante. Cuando tiene hambre, muge, y cuando no dice nada, es que está llena de hierba por dentro.
Sus patas le llegan hasta el suelo. La vaca tiene el olfato muy desarrollado, por lo que se le puede oler desde muy lejos. Por eso es que el aire del campo es tan puro.
En el momento en el que haya bajado un poco la intensidad de la sonrisa, continuamos (pero no la hagamos desaparecer).
Cuando Adolfo y Sonia nos propusieron colaborar de nuevo en esta pantalla blanca donde se proyecta hacia dónde dirige a la escuela la innovación educativa, nos hizo ilusión, a pesar de que habíamos jurado que nunca más volveríamos a escribir un libro entero –tras el trozo de vida que nos habían robado los dos últimos-. Pero nos puede la curiosidad. Por eso pusimos rumbo al “modoon” pasando sobre propuestas, ideas, temas, títulos: ¿sobre qué nos interesaba investigar y escribir?
Ese ir y venir de ideas terminó cuando, después de soltar muchas vacas, a diferencia del niño, elegimos el búho. Ninguna de las dos volvió a proponer nada más. Nos quedábamos con este concepto (influencer) que está por todas partes.
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