: Roberto Garcia Santiago
: Los Protectores
: Ediciones SM
: 9788491820437
: El Barco de Vapor Naranja
: 1
: CHF 5.40
:
: Kinderbücher bis 11 Jahre
: Spanish
: 256
: DRM
: PC/MAC/eReader/Tablet
: ePUB
Vicente Friman es el nuevo.Ya le ha pasado otras veces, así que no le preocupa mucho.Aunque esta vez es diferente. Esta vez está Bárbara.La jefa de Los Protectores. O eso se cree ella.Y también están los Apaches. Una banda de adolescentes que tienen atemorizado al barrio.Todos quieren algo de Vicente. Pero él no sabe muy bien qué es.Y además se está hartando.Es el momento de demostrar quién es de verdad Vicente Friman.Premio El Barco de Vapor 2016

Roberto Santiago nació en Madrid en 1968. Estudió Imagen y Sonido en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Complutense de Madrid y Creación Literaria en la Escuela de Letras de Madrid. Ha sido guionista de televisión, redactor para agencias publicitarias de Madrid, realizador de vídeo clips y ha publicado varias novelas. Entre otras, la colección Los Futbolísimos, un fenómeno editorial que se ha convertido en una de las colecciones de literatura infantil más vendidas en nuestro país en los últimos años, y que ha sido traducida a varios idiomas. En 2018 Los Futbolísimos dieron el salto a la gran pantalla. Su primera novela, El ladrón de mentiras, fue finalista del Premio El Barco de Vapor. Y ganó el Premio Edebè de Literatura Infantil con Jon y la máquina del miedo. Ha escrito y dirigido, entre otras, las películas El penalti más largo del mundo (nominado al Goya al Mejor Guión), El club de los suicidas (basada en la novela de Robert Louis Stevenson), Al final del camino (rodada íntegramente en el camino de Santiago), la coproducción internacional El sueño de Iván (patrocinada por Unicef por su valores para la infancia), o la comedia de terror independiente La Cosecha (premio al mejor film en el Festival de Terror de Oregón). Su cortometraje Ruleta participó en la Sección Oficial del Festival de Cannes. Además, ha colaborado como director y guionista en varias series de televisión. En teatro ha escrito las adaptaciones de Ocho apellidos vascos y El otro lado de la cama (premio Telón al Autor Revelación). Así como los textos originales Share 38 (premio Enrique Llovet), Desnudas (accésit Premio Sgae), La felicidad de las mujeres, Topos, El lunar de Lady Chatterley, Adolescer 2055 o Los Futbolísimos, el musical.

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TODO EMPEZÓun domingo de invierno.

Eran las once y once minutos de la mañana.

Recuerdo perfectamente la hora porque mi madre levantó la voz y dijo:

–¡Las once y once minutos!

Por si alguien no lo había oído bien, lo repitió gritando aún más:

–¡Las once y once minutos!

El conductor bajó del camión de la mudanza y dijo:

–Lo siento mucho, señora. Había atasco.

–¿Atasco? –preguntó mi madre, fuera de sí–. ¿Un atasco de más de tres horas? ¿En domingo? ¡Llevamos esperando desde las ocho de la mañana! ¡Desde las ocho! ¿Se da usted cuenta de lo que eso significa?

–Me doy perfecta cuenta –respondió el hombre, colocándose una gorra gris en la cabeza–. Ya le he dicho que lo siento mucho.

Estábamos en la calle. Delante de nuestra nueva casa, a la que nos estábamos mudando justo ese día.

A causa del trabajo de mi madre, íbamos de una ciudad a otra constantemente, lo cual era un verdadero rollo. No me daba tiempo a hacer amigos, no me daba tiempo a conocer a la gente y los sitios, y lo que es peor: siempre, en todas partes, era el nuevo.

Mientras el conductor hablaba con mi madre y le entregaba el albarán de la mudanza, otro empleado abrió la parte trasera del camión.

Pude ver que algunos vecinos se habían asomado, atraídos por los gritos.

Pensé que no era la mejor forma de empezar en el barrio.

Pero las cosas fueron a peor.

–Esto no va a quedar así –dijo mi madre–. Pienso hacer una reclamación por escrito, pienso denunciarlos a la oficina del consumidor.

–Está en su derecho –musitó el hombre, al que no parecían afectarle mucho los gritos ni las amenazas de mi madre.

–Ya pueden ir bajando las cosas –dijo ella señalando la entrada de la casa–, y deprisita, que no tenemos todo el día.

–Hummmmmm –dijo el conductor observando el portal–. Debe de haber un error, señora. Usted solo ha contratado el servicio de «transporte», como puede ver en este albarán. No ha contratado el servicio de «transporte y descarga». Ni nuestro servicio plus de «transporte, descarga y desembalaje».

Mi madre le miró como si aquel hombre hubiera hablado en chino.

–¿Pero qué me está contando? –preguntó.

–Pues que solo ha contratado el servicio de transporte. No ha contratado el servicio de transporte y descarga, ni...

–Ya, ya, ya –le cortó mi madre–, le he oído. Pero es que no entiendo qué quiere decir.

–Quiero decir que si hubiera contratado el servicio de «transporte y descarga», por ejemplo, ahora mi compañero y yo bajaríamos todas sus cosas del camión y las introduciríamos en su casa. Sin embargo, como solo ha contratado «transporte», tendrán que bajarlas usted y su familia. Por cierto, ¿cuánto cree que tardará? Si se excede más de cuatro horas, tendrá que pagar un suplemento de espera.

Mi madre estaba que echaba humo por las orejas.

–A ver, buen hombre –dijo ella–. Solo he contratado el servicio de transporte porque nadie me ha dicho que hubiera otras posibilidades, y también porque daba por hecho que meterían todas nuestras cosas en casa, como han hecho siempre todas las empresas de mudanza que he contratado en mi vida, y le aseguro que he contratado unas cuantas.

–Pues estaba usted en un error –respondió.

–Mamá –dije.

–Calla, Vicente, no te metas, que esto es un asunto de mayores –dijo mi madre, y volvió a la carga–. No pretenderá que una mujer sola y dos niños descarguen todos esos muebles y cajas y los metan en la casa.

En ese momento, se asomó p