Quizás el hecho singular más sorprendente sobre Estados Unidos sea que, única entre las naciones modernas que se han convertido en potencias mundiales, lo logró mientras se abría paso entre casi cinco mil kilómetros de tierra totalmente salvaje poblada por tribus de la Edad de Piedra. Desde el conflicto armado entre indios americanos habitantes de la actual Nueva Inglaterra y los colonos ingleses y sus aliados nativos americanos en elsigloxvii, conocido como la guerra de King Philip (que fue elnombre adoptado por el principal líder del bando indio americano, Metacomet), hasta los últimos robos de ganado de los apaches cruzando el río Bravo en 1924, Estados Unidos libró una batalla permanente contra una población nativa que apenas había cambiado, tecnológicamente, en 15.000 años. Durante el curso de tres siglos, Estados Unidos se convirtió en una floreciente sociedad industrial atravesada por la división de clases y la injusticia racial, pero cohesionada por un corpuslegal que, al menos en teoría, consideraba iguales a todas las personas. Los indios, por otro lado, vivían en comunidad en campamentos móviles o semipermanentes gobernados más o menos por consenso y ampliamente igualitarios. La autoridad individual se ganaba, más que detentarse por la fuerza, y se imponía únicamente a personas que estaban dispuestas a aceptarla. Si a alguien no le gustaba, era libre de marcharse a cualquier otra parte.
La proximidad de estas dos culturas a lo largo de muchas generaciones representaba para ambos lados una rigurosa opción sobre cómo vivir. Hacia finales del sigloxix, en Chicago se construían fábricas y en Nueva York arraigaban los barrios pobres,mientras que los indios guerreaban con lanzas y hachas a unos dos mil kilómetrosde distancia. Algo dice de la naturaleza humana que un sorprendente número de estadounidenses —en su mayoría hombres— acabara uniéndose a la sociedad india en vez de permanecer en la suya propia. Emulaban a los indios, se casaban con ellos, eran adoptados por ellos, y en ocasiones hasta luchaban a su lado. Lo contrario casi nunca ocurrió: los indios casi nunca escapaban para unirse a la sociedad blanca. La emigración siempre pareció ir de lo civilizado a lo tribal, lo que desconcertó a los pensadores occidentales a la hora de explicar semejante rechazo aparente de su sociedad.
«Cuando un niño indio se ha criado entre nosotros, se le ha enseñado nuestra lengua y habituado a nuestras costumbres —escribía Benjamin Franklin a un amigo en 1753—, [incluso] si solo va a ver a sus parientes y da un paseo con ellos, no hay manera de persuadirle para que vuelva». Por otro lado, seguía escribiendo Franklin, a los prisioneros blancos liberados de los indios era casi imposible retenerlos en casa: «Aquellos rescatados por sus amigos, y tratados con toda la ternura imaginable para convencerlos de quedarse entre los ingleses, pues ocurre que al poco tiempo se sienten disgustados con nuestra manera de vivir […] y aprovechan la primera buena oportunidad que tengan para escapar de nuevo a los bosques».
La preferencia, entre muchos blancos, por la vida tribal fue un problema que incidió de forma desgarradora durante las guerras fronterizas de Pensilvania en la década de 1760. En la primavera de 1763, un líder indio llamado Pontiac convocó un consejo de tribus junto al pequeño río Écorces, cerca del antiguo puesto comercial francés de Detroit, en lo que actualmente es el estado de Michigan. El constante avance de asentamientos blancos era una amenaza que unificó a las tribus indias en formas que ningún periodo de paz y prosperidad podía lograr, y Pontiac pensaba que, con una alianza lo suficientemente amplia, podría hacer retroceder a los blancos al lugar que habían ocupado una o dos generaciones antes. Entre los indios se contaban cientos de colonos blancos que habían sido capturados por comunidades fronterizas y adoptados por las tribus. Algunos estaban conformes con sus nuevas familias y otros no, pero colectivamente constituían una enorme preocupación política para las autoridades coloniales.
El encuentro de las tribus fue coordinado por corredores que podían cubrir casi doscientos kilómetros en un día y que entregaban como regalos tabaco y cinturones de abalorios junto con el mensaje de reunirse urgentemente en asamblea. El trenzado de las cuentas de los cinturones estaba hecho de tal manera que incluso las tribus distantes entendieran que la reunión estabafijada para el decimoquinto día deIskigamizige-Giizis, la lunaque hace hervir la savia. Grupos de indios se desplazaron hacia Rivière aux Écorces y acamparon a lo largo de las orillas del río hasta que, finalmente,