Nada contra el hastío. Es un mal momento. Huérfano de oportunidades, pletórico de problemas, la lenta y sospechosa deriva de estos días turbios, inseguros, sombríos y somnolientos me obliga a ir consumiendo poco a poco las últimas sobredosis de ilusión que aún almacenan mis neuronas. Inteligencia emocional, lo llaman. Lo cierto es que me falla la intensidad anímica más de lo razonable. He dilapidado hasta la autoestima, certifican los que me rodean. Sólo soy ya un ectoplasma algo inquieto, voluntarioso y errático.
No sé. Quizá me comporte así porque se me agota el tiempo de las quimeras y los sueños. Tengo ansiedad y un montón de cosas por hacer. Pero sospecho que ya no habrá más ocasiones para tomar un nuevo rumbo. Son ya demasiados aniversarios improductivos y los años nos delatan. Tal vez pronto se aproxime la catástrofe final y a uno lo encontrarán sin prórrogas ni alternativas, sin prótesis ni recambios. A la intemperie. Entonces estaré sujeto a los fallidos desvaríos de la madurez. Coleccionando fracasos y atiborrándome de ansiolíticos. Sin embargo, todavía me gusta dejarme llevar por intuiciones o corazonadas. Y nunca olvido que ejerzo como profesional de la cuerda floja.
Vivo instalado en la zona gris. Sufro los demonios internos, pero también padezco la fanfarria social y los vetos sentimentales. Ese clima asfixiante de despotismo sutil y patética burricie me agota y enfurece. Sólo fabricakleenex culturales, tópicas idioteces e improductivos clichés.
Detesto cierta hostilidad medioambiental. Aquí, me temo, sólo triunfa la provocación del tedio y la mayoría, para qué negarlo, nos dejamos llevar por el edulcorado y seráfico espectáculo del aburrimiento, celebramos compromisos de circunstancias o asistimos como impávidos consumidores al holocausto televisivo de cada día.
Son las nuestras jornadas de trámite y arresto domiciliario. Inventarios de ausencias narrados por alguien que, como Pessoa, «no comprende lo que se dice y quiere fingir que lo comprende». A estas alturas necesito, ¿para qué negarlo?, un reciclaje de solidaridad y cariño. Un heterónimo que me brinde la satisfacción de ser capaz de ir descubriendo, según describiera el célebre portugués, «la asombrosa capacidad de las cosas».
La incógnita es cómo conseguirlo, dado mi escaso predicamento social. Además, «salir, ¿a qué? En la calle nada hay que me interese», confesaba un socarrón, viejo y sabio Baroja desde su doméstica trinchera madrileña en 1954. Y en ésas estamos. Pintan bastos. Nada contra el hastío. Sólo cantamañanas y talibanes, piratas y bucaneros, mujeres pirañas y amigos de alquiler, guiris y guripas, poltronas y prebendas, zombis y clónicos. Maneras de malvivir.
Todo se descompone y estalla en mil pedazos con facilidad intolerable. Sube la marea de la ambición y la desmemoria. A este paso, si me voy al infierno, tendré mucha compañía. La vida hoy es un contrato basura y sólo me quedan estos escritos corsarios, estas pequeñas radiografías de un agridulce deterioro, para contarlo sin cortapisas. Especulaciones inciertas y disidentes sobre la casualidad o el destino.
Quizá la existencia, el amor y la muerte no sean sino una sucesión de coincidencias. Quizá sólo cabe dar un portazo al dios dinero o sumergirse en el chantajismo permanente de la vida fácil. Nobles prejuicios, dirán los que nunca saben dónde está la diferencia. Ridículos. Falta coraje y es hora ya de soltar lastre. Que retornen la pasión y la utopía. Que al fin triunfen el ánimo transgresor, la sonrisa fresca, la belleza natural y la imaginación portentosa.
Uno, de momento, continúa refugiándose en la escritura íntima y denunciando lo evidente: ese imparable acoso moral del que somos víctimas en este inhóspito lugar planetario repleto de individuos sonámbulos, indolentes, tristes, rancios, golfos, envidiosos, mediocres y hasta esquizofrénicos. Tengo vocación volteriana, espíritu de Pepito Grillo y, si además la enfermería está repleta, ¡qué le vamos a hacer! Por mi parte, sólo soy alguien que, zambullido entre ristras de papel impreso, practica la mirada crítica y sin puertas falsas. Alguien que permanece activo y confiado en los pequeños gozos de la existencia. Alguien que cree en la posibilidad de cualquier reencuentro conciliador, sorprendente y lírico con quien me agravia. Alguien que sufre con relativa calma los desaires, el desamor y la amargura de tantas ruinas humanas arrogantes y nobles.
Ese terrorismo más o menoslight al que nos conduce cualquier convivencia forzosa no es sino un síntoma certero de cuánto abunda en nuestro mundo la peligrosa y auténtica locura, de cuánta escalofriante irracionalidad, de cuánto fanatismo estúpido y transgresor puede esconderse en el interior de esa especie falsamente suprema y civilizadora que es nuestroHomo sapiens.
Y, pese a todo, esa inquisitorial y cruel liturgia de acoso y derribo a la que me someten no consigue hacerme reblar. En esta isla infeliz, fértil en corrillos, mezquindades, manipulaciones, desdenes y habladurías, todavía no han conseguido darme miedo, ni rubricar mi defunción como cronista del presente, ni desahuciarme de mis esperanzas y fantasías de futuro. Aquí, en la trastienda de la geografía peninsular, no hay treg