PRÓLOGOSobre la psicología orteguiana
Cada libro tiene su historia. La de éste, precisamente, se halla entretejida con mi propia biografía de un modo muy complejo, por lo que al tratar de entender las razones y los motivos que lo han hecho posible, me encuentro buceando en los proyectos y las experiencias que han ido conformando la realidad sustantiva de mi existencia.
Llegué a la psicología, al igual que muchos otros, desde una previa dedicación a la filosofía. Lo peculiar del caso es que había ido familiarizándome con un pensamiento que, en mis años juveniles, estaba al margen de las enseñanzas académicas establecidas: la filosofía de Ortega y Gasset, a la que había llegado gracias a relaciones que me permitieron tener un trato continuado, personal, casi familiar, con el mayor discípulo y conocedor de ese pensamiento, el filósofo Julián Marías, que me permitió ver, personificada, unas ciertas ideas en una vida creadoramente dedicada al quehacer del pensamiento. Y semejante experiencia me impulsó a emprender un camino personal propio, adquiriendo una creciente familiaridad con aquel sistema de ideas.
Esas ideas no tenían «curso legal» en las aulas a donde hube de acudir para lograr un título socialmente reconocido. Como ya he dicho, Ortega, que había ejercido un magisterio enorme sin disputa en la universidad, estaba fuera de todos los programas de la posguerra de los que yo tuve que examinarme, y era, para mí, una disciplina cultivada en mi soledad, con el ejemplo que me llegaba de su máximo conocedor, que ejercía su magisterio en periódicos y conferencias, y representaba un ejemplo máximo de «libre pensamiento».
Cuando, algún tiempo después, hube de buscar un acomodo académico en que desarrollar una vocación docente a la que aspiraba a dar cumplimiento, surgieron ante mi vista unas redes de relaciones que enlazaban mi formación intelectual con los temas de un campo lleno de promesas y de intereses, el de la psicología, por el que empecé a transitar guiado ahora por un nuevo maestro, José Luis Pinillos, una persona llena de inquietudes y saberes múltiples, con un certero instinto para hallar los temas nucleares, y abordarlos de modo fecundo y original.
Entre esos dos polos intelectuales hube de comenzar a moverme, y creo, al cabo del tiempo, que entre ambos sigo todavía haciéndolo. Pensé, y sigo pensando, que la psicología de nuestro tiempo, crecientemente centrada en la vida personal, y en los recursos y modos de los comportamientos que hacen ésta posible, podía –y añadiré, también: debía– ser iluminada con los conceptos del pensamiento orteguiano, que gira en torno de la vida humana –en particular, la mía propia–, y que, de este modo, converge con aquella ciencia en el objeto que analizan: la vida personal. Los psicólogos decimos que nuestro saber gira en torno a los recursos y modos como se adapta la persona a su situación; y Ortega, y Julián Marías, han repetido por activa y por pasiva en innumerables lugares que el fin de la filosofía consiste en «saber a qué atenerse», a qué atenerse acerca de nuestra circunstancia y de nosotros mismos. ¿Cómo no tratar de aproximar sus respectivos puntos de vista, hasta llegar a encontrar una imagen, incluso en relieve, de esa actividad, o quehacer, de la persona en su mundo?
Ortega ha enseñado con energía la índole histórica de los quehaceres humanos, y ha insistido en que de todas las realidades hay que procurar dar «razón histórica» de su presencia y consistencia. Trasladado al campo de mis intereses psicológicos, ello se tradujo en una precisa cuestión: ¿Qué había sido, y qué era, la psicología en el seno de la sociedad española en la primera mitad del sigloxx? Como campo de conocimiento, empezaba a desplegar sus alas allá por la década de los sesenta del siglo pasado, y lo iba haciendo con buen ánimo y fortuna. Pero lo hacía sin guardar la menor memoria de lo que otros españoles habían hecho previamente, hacia los años 1920 y 1930, antes de que hubieran de exiliarse y dejaran sin terminar sus proyectos profesionales en nuestro país.
¿Cómo no tratar de reconstruir esa historia? Y al hacerlo, ¿cómo ignorar la obra ingente de Ortega, no ya la filosófica sino la más concreta y próxima a la psicología, tan atractiva y variada, a la vez que dispersa en los miles de páginas de su obra completa? Y así vine a aproximar mis dos líneas mentales, empezando pronto a tener algunos resultados.
Uno fue el comentario de texto, que aquí se incluye, sobre un artículo de Ortega en que se analizan con gran finura las raíces de la mente humana, sus raíces emotivas y afectivas, el intelectualismo que ha dominado en Occidente durante siglos, y la convergencia de ambas fuentes. Especialmente me sedujo la idea, que ahí procuré poner en práctica, de aplicar un acercamiento «hipotético-deductivo» a la tarea del comentario de texto, que obligó a realizar imágenes globales del pensamiento orteguiano para fundar las diversas interpretaciones del texto analizado.
Otro fue la necesidad de resituar toda una serie de textos del filósofo relativos a la psicología, especialmente su modelo de personalidad sobre el «hombre-masa», en un capítulo global dedicado a la sistematización de sus ideas acerca de todos estos temas en mi estudio sobreHistoria de la Psicol