La aventura estética de la subjetividad libre adquiere en la modernidad una dimensión sin precedentes. La apuesta por una voluntad de emancipación otorga a la experiencia creativa una decisiva importancia. Surge entonces el anhelo de hacer de la vida una obra de arte. «Un sujeto que, como la propia obra de arte, descubriera la ley en las profundidades de su propia identidad libre», sugiere Terry Eagleton enLa estética como ideología.
Podemos considerar el arte como un sexto sentido de la existencia, la experiencia creativa surge a partir de encrucijadas sensoriales y fértiles sinestesias que elaboran una reinvención del imaginario. Una decisiva energía sincrética une los distintos hilos de la sensibilidad. El viaje sensorial que propugna el hecho creador enriquece la vivencia de la cotidianidad, ampliando la percepción y dotando de intensidad a la mirada.
En cuanto aproximes tu mirada a resquicios del mundo, descubrirás continentes desconocidos.
La vida de los sentidos es el principal patrimonio que tenemos y sobre esa base de las emociones se construye la aventura artística. Estableciendo una configuración estética de la realidad. La experiencia del arte permite que la subjetividad proceda a soltar amarras y una suerte de ingravidez nos libera de coerciones. Pocos espacios como el ámbito artístico asumen el riesgo de la libertad. La estética como aventura de los límites irrumpe en lo cotidiano estableciendo nuevos rumbos, desenvolviendo recorridos inéditos. Cada generación vive esa nueva dimensión en sus risas compartidas, en las coordenadas renovadas de la esperanza, en el estallido de nuevas formas de representación.
Los sentimientos, los afectos, la plenitud de los sentidos en busca de una síntesis expresiva en la metamorfosis estética. Impulsos de innovación en un proceso donde «el cuerpo es el hilo conductor», siguiendo a Nietzsche (el arte irrumpe como catarsis liberadora).
Una obra de arte que se da luz a sí misma en cada vida lograda. En cada día logrado como epifanía de la cotidianidad. El testimonio de la creación es paralelo al decurso vital. El devenir de la obra como experiencia de la identidad sublimada. La existencia en su totalidad se ve concernida por ese reto que avanza más allá de la propia individualidad. La condición estética se abre como un potencial de experiencia humana en plenitud.
Fenomenología de los sentidos en transformación creadora. Hacia un equilibrio sustentado entre elementos opuestos. Un poder de síntesis en la polaridad de contrarios como energía. Reverberación de imágenes, sonidos, gustos, texturas, aromas, atmósferas que estimulan un proceso de recepción y acción creadora. Torbellino de emociones a modo de remolino sensorial.
Huellas introspectivas que salen al exterior. Una constelación de juego y ensueño, estadio mágico y elaboración de la imagen. Los procesos oníricos de síntesis, condensación, desplazamiento. Todo parece alcanzar un estado alucinado cercano al poder animista hasta propiciar un alto grado de incandescencia perceptiva. Una intensidad de la mirada en busca de alteridad. Una reciprocidad que la percepción define como intimidad, diálogo, empatía, expansión, intensidad, crecimiento.
Huellas de lo invisible donde cada trazo procede a fundir el fondo de lo real con su reverso insomne. Toda imagen tiene su equilibrio antagónico. El dibujo respira, vibra el vacío, el aire entre las cosas se desplaza. El dibujo en Alberto Giacometti parece surgir desde un sismógrafo hipersensible que registra el trazo de oscilaciones perceptivas. Un vaivén que mueve los hilos de la representación simbólica esbozando unos itinerarios de contacto. La mirada explora el mundo y deja un rastro casi ingrávido de sutiles contornos desdibujados en el aire.
Los límites de la materia son fronteras más o menos difusas. Bordes perceptivos que el artista registra en su inestabilidad, huellas esbozadas con una borrosa indefinición. Hay un tránsito ágil, una conexión inaudita, entre la mano y el papel. La sombra de la realidad se posa sobre la superficie. Aflora allí entonces un inventario de gravitaciones. El artista puede optar por el deseo inmaterial, pero la realidad le muestra el peso, su relieve y densidad. Una configuración que entrelaza líneas de fuerza, contornos y dintornos. Todo fluye en la realidad atmosférica del ritmo. La energía del trazo reconstruye el proceso perceptivo. Un eco de la mirada toma cuerpo. La agitación fenoménica sigue su curso, mientras una empatía dinámica conjura el rastro de lo real.
Toda imagen construye un campo magnético donde habitan presencias en claroscuro, atraídas alternativamente por la penumbra o la irradiación lumínica. Línea de dibujo como vector de la imaginación nómada. Cada impulso es una reinvención del imaginario. El gesto oscila, intenta captar la estela de lo real, su contorno inestable y huidizo. Un temblor de corpúsculos expresa el poder de un mundo frágil. Membrana donde el vacío es plenitud y simultánea apertura sensorial. Devenir e inmovilidad se fusionan en el instante creador.
En poesía, el sonido fluctúa alrededor de la ambivalencia del sentido. Sonido y sentido se entrelazan y establecen una fértil