Seguí al señor Legrand a través de los corredores del castillo hasta llegar a lo que más tarde pude comprobar que era el torreón norte –¿debo confesar al comienzo de este relato mi escaso sentido de la orientación?–. Legrand dejó sobre la cama mi equipaje de mano y me dijo: «Estamos a su entera disposición para lo que desee, señor Redon», pero presentí que ni su tono ni su rictus eran sinceros. Hablaba como si repitiera una fórmula aprendida y sus sentimientos fueran opuestos a dicha fórmula, fruto de la más exquisita hipocresía aristocrática.
De cualquier modo, quedarme al fin solo fue un alivio. Necesitaba poner mis ideas en orden tras los acontecimientos de esa mañana, que ahora se agolpaban en mi mente. Sin embargo, mi primera decisión fue evadirme por completo de la realidad, observar el mobiliario de la alcoba que me habían asignado.
Al estrecharme la mano para despedirse, el señor Lévy me dijo que se había tomado la libertad de prepararme un aposento, por si el trabajo me obligaba a pernoctar en el castillo. «Aunque, por supuesto, esto último lo dejo a su elección. Si lo desea, pongo a su servicio mis carruajes, que lo llevarán a Peyrelabade tras el almuerzo.» En este sentido, Lévy se mostró cortés, ¿a quién le apetece recorrer quince kilómetros cada mañana y cada tarde? El traqueteo, la canícula, el polvo del camino resultan difícilmente soportables en verano. En cuanto se cerró la puerta, me aflojé la corbata y abrí de par en par los ventanucos de la alcoba para que la estancia se aireara y perdiera el olor a cerrado: ese olor rancio, centenario, casi bíblico que embargaba aquel lugar perdido en medio del campo.
¿Cómo y por dónde empezar la narración? Durante una época de mi vida fantaseé con ser escritor. Fueron los años de mi juventud en Burdeos, cuando mi querido amigo Armand Clavaud me descubrió a Baudelaire, a Poe y a Flaubert. Él era botánico, pero con sus escasos ingresos adquiría soberbios volúmenes que se convertían en los grandes tesoros de su biblioteca, como esas magníficas ediciones de epopeyas hindúes: elRamayana, elMahabarata… Pobre Clavaud, cómo lo echo de menos. Hace ya cuatro años de su muerte y cada vez que voy a Burdeos me acuerdo de nuestras veladas. Yo por entonces era un joven apasionado y quizá algo grandilocuente; idealista, debería decir. Él me escuchaba sin desmayo, con los labios descansando en la punta de sus dedos índices. Tan sólo en alguna ocasión se le escapaba una sonrisa imperceptible. Por aquel entonces, pensaba que le divertían mis ocurrencias. Ahora comprendo que aquellas sonrisas no estaban exentas de ironía. ¿Seguiría siendo yo tan apasionado como lo era entonces?, me pregunté mientras sacaba del equipaje de mano los libros que siempre me acompañan:Las flores del mal,La tentación de san Antonio, lasNarraciones extraordinarias de Edgar Poe traducidas por Baudelaire, laHerodías de mi querido Mallarmé…
«Si metes más libros, no te van a caber los pantalones», me dijo Camille al alba. Justo después me anunciaron que el carruaje de los Lévy esperaba ya en la puerta de Peyrelabade.
Los quince kilómetros –o las tres leguas, como dijo el cochero– se me habían hecho interminables. El Médoc era una región infinita. El océano, que antaño ocupaba los espacios desiertos, dejó en la aridez de los suelos arenosos un soplo de abandono, de abstracción. De tramo en tramo, un conjunto de pinos emitía un continuo y triste susurro rodeando y dibujando una aldea, o algún redil de ovejas. En lontananza se divisaban bellos álamos solitarios, el hierro pesado de las vías del tren. Ese susurro de los pinos bajo el viento que venía de alta mar deshaciendo el silencio extremo de los brezales que bordeaban el gran río Garona, a cuyos lados se extendían viñedos infinitos. El vino en esta región era como un licor de vida, dominaba las esperanzas de los campesinos. Era uno de los fermentos del espíritu francés; era también el licor del sueño, que exaltaba hasta la mansedumbre. Y cuando se llegaba hasta el mar, frente a alfombras de arena anchas y movedizas que formaban dunas desmoronadas, se divisaban algunos bañistas: seres que parecían irreales en la lejanía, en medio de un país sin vida y sin cultura, medio muerto y salvaje, confinado todo él al océano. El Atlántico, con su pertinaz estruendo, sostenía propuestas extrañas. Las voces del infinito estaban frente a todos nosotros. Apenas se divisaba vida humana. Sobre el horizonte marino, ni un solo buque. Tan sólo alguna vela medio oculta, como los escasos bañistas. Y yo me decía: pintor, ve a ver el mar; verás las maravillas del color y de