: Reina Roffé
: Lorca en Buenos Aires
: Fórcola Ediciones, S.L.
: 9788417425043
: 1
: CHF 8.90
:
: Erzählende Literatur
: Spanish
: 376
: Wasserzeichen
: PC/MAC/eReader/Tablet
: ePUB
En octubre de 1933, a bordo del buque Conte Grande, Federico García Lorca viajó rumbo a Argentina, como parte de su travesía cultural por América, convertido en una suerte de embajador de España en tierras del Nuevo Continente. Anteriormente había visitado Nueva York y La Habana, donde sostuvo diálogos con los intelectuales y creadores más representativos de la década de los años treinta. Pero fue en Buenos Aires donde experimentó uno de los mejores momentos profesionales y afectivos de su vida. Durante los casi seis meses que permaneció en la capital argentina frecuentó teatros, salones literarios y todos los rincones de la ciudad de la mano de Pablo Neruda y Salvador Novo. Se hizo amigo de Oliverio Girondo y Norah Lange, de Ricardo Molinari y Alfonsina Storni, de Enrique Santos Discépolo y Raúl González Tuñón. Compartió mesa con Carlos Gardel y una todavía adolescente Eva Perón. Ni un solo artista de la escena nacional, como Lola Membrives, o personajes de la época, incluidos Juan Carlos Onetti, Roberto Arlt, Victoria Ocampo y Jorge Luis Borges, permanecen ausentes de estas páginas, en las que historia, biografías, testimonios, crónicas, y fragmentos de la realidad y de los sueños componen una tupida trama donde comulgan verdad y ficción, vida y literatura. Varias son las voces que recorren esta novela, todas fascinantes, como la del propio Lorca, con su extraordinario gracejo -quien escribe o más bien piensa cartas a su madre-, y la de una mujer particular, llamada Cesca, que fascinó al poeta y concitó en él un amor inusual que vivió en paralelo a sus deseos más profundos. Sus viajes, y en concreto éste a Buenos Aires, hicieron que Lorca tendiera un puente entre España y América como quizá ningún otro español lo había hecho hasta entonces. Reina Roffé nos descubre en este apasionante libro una etapa poco conocida del poeta, rindiendo a la vez un homenaje a la gran ciudad porteña y a aquél momento cultural único e irrepetible.

Reina Roffé (1951) nació en Buenos Aires y vive en Madrid. Es narradora y ensayista. Su obra incluye las novelas Llamado al Puf, Monte de Venus, La rompiente, El cielo dividido, La madre de Mary Shelley y el libro de relatos Aves exóticas. Cinco cuentos con mujeres raras. Entre otros ensayos, ha publicado Juan Rulfo: Autobiografía armada y el libro de entrevistas Conversaciones americanas. Es autora también de Juan Rulfo. Las mañas del zorro. Ha sido distinguida con la beca Fulbright y con la Antorchas de Literatura. Recibió el primer galardón en el concurso Pondal Ríos por su primera novela, y el Premio Internacional de Novela Corta otorgado por la Municipalidad de San Francisco, Argentina, por La rompiente. Numerosas antologías europeas y estadounidenses albergan cuentos suyos y parte de su obra ha sido traducida al alemán, italiano, francés e inglés. En Fórcola ha publicado Juan Rulfo. Biografía no autorizada (2012).

1La realidad


Prólogo inexcusable


Loca por tu noche cada noche voyCorrientes, flotando,pasada de pasión, triste porque sí,bien, pero mal también,porteña al fin, yo busco no sé qué.

Pasillo de la vida, Bagala / San Juan

Todo se replegaba a su paso como la crisálida del gusano de seda que se cierra en un capullo. Los salones quedaban en un plano velado o secundario, y la gente se volvía escasamente perceptible. Allí, donde ella entrara, una sensación jubilosa de vida ganaba la escena.

Propios y ajenos la llamaban Cesca, y así era como quería que la llamaran. Su nombre completo, que supe después, revelaba la mezcla incombustible de antepasados españoles y catalanes con ingleses e irlandeses. Tal vez fuera por esta mezcla corrosiva que, donde estuviera ella, no había nadie más, nada más. Su presencia, en el lugar que ocupara, aunque fuera un rincón, producía, al menos en mí, un absoluto desvanecimiento del entorno, como si la mente se negara a seguir registrando otras impresiones que las de su persona. En realidad, debería decir que era todo un personaje minuciosamente cincelado, con su porte excéntrico y sus peculiaridades a veces extravagantes, aunque ella no deseara, en lo más mínimo, llamar la atención.

Su nombre era Francesca Vallmajor Francis, pero sus artículos y notas, siempre marginales, que publicaba en periódicos y revistas igualmente marginales, incluso en fanzines españoles, los firmaba con diferentes seudónimos, algunos jocosos como el de Dolores Calatayud (por aquella copla que dice “Si vas a Calatayud, pregunta por la Dolores”) o sencillos como el de Amparito Muñoz, o haciendo uso de su segundo apellido y las iniciales de un escritor y traductor originario de Bristol, Rhode Island (H. E. Francis), que decía era primo suyo.

La empecé a tratar en 1973. Recuerdo la fecha, porque yo acababa de publicar mi primer libro y era, para horror mío y el de unos cuantos más, una “joven promesa”, y así le fui presentada. Cesca solía tener mesa fija junto a una de las ventanas acristaladas de La Paz que da sobre Corrientes, avenida que, por entonces, me trajinaba a diario y a distintas horas de la tarde o de la noche. Era a partir de las siete cuando se la veía apostada en el café, a veces sola y otras en compañía de algún amigo o conocido que la festejaba con veneración. No hay nada que atraiga más que una persona con cierto toque de sofisticación y el aire misterioso deloutsider, del escritor secreto que huye delestablishment y se propone ausente, extraño, extrañado, un poco extranjero.

Precisamente en La Paz fuimos presentadas por aquella gorda formidable que llevaba con mérito el apodo de Calamidad o Catástrofe, una mariquita enorme, muy desmelenada, que contaba chismes y, sobre todo, desgracias, escándalos personales, y lo hacía a expensas de vivas entonaciones y tal gusto por lo morboso que parecía gozar en grande con el dolor de los demás, incluso con el propio, pues no tenía ningún empacho en narrar con lujo de detalles los agravios que había sufrido por parte de algún homofóbico o de algún amante infiel.

A Cesca, a quien yo también reverenciaba secretamente, nunca le comenté que la conocía de antes, cuando ella visitaba la casa del malogrado poeta y ensayista Héctor A. Murena. Jamás olvidaré la primera vez que la vi. Tendría, por entonces, unos ocho o nueve años, pero la recuerdo como si fuera hoy: su abundante pelo rojo, la cabeza altiva, un vestido azul marino, su escote adornado de perlas y los guantes blancos. Salía de su cita como expulsada de la primera claridad de la luz.

El azar había querido que mis padres alquilaran transitoriamente un departamento minúsculo en la misma planta, el séptimo piso, de un edificio ubicado en la esquina de San José y Estados Unidos, donde residía Murena y viviría hasta su temprana muerte. El departamento era tan chico que mi hermano y yo pasábamos muchos ratos jugando afuera, en el pasillo. Su puerta y la nuestra eran las únicas de la planta y estaban enfrentadas, a escasos metros una de otra. Pero Murena nunca nos reprendió o se quejó a mi madre. Cierto es que éramos niños bastante silenciosos, y yo por nada del mundo me hubiera atrevido a disgustarlo. Era apuesto y elegante, paradigma de la masculinidad, una suerte de Gardel intelectual peinado a la gomina, con sus camisas impecables, sus trajes oscuros con chaleco, los zapatos relucientes. Ahora advierto que tenía la edad de mi padre, por entonces unos treinta y seis o treinta y siete años, pero para mí era un hombre sin edad, una leyenda. Mi tío hablaba mucho de Murena. Frecuentaban el mismo café de la cuadra y a veces departían de política o de fútbol. Murena no se sentaba a la mesa con los muchachos, bebía reclinad