Loca por tu noche cada noche voyCorrientes, flotando,pasada de pasión, triste porque sí,bien, pero mal también,porteña al fin, yo busco no sé qué.
Pasillo de la vida, Bagala / San Juan
Todo se replegaba a su paso como la crisálida del gusano de seda que se cierra en un capullo. Los salones quedaban en un plano velado o secundario, y la gente se volvía escasamente perceptible. Allí, donde ella entrara, una sensación jubilosa de vida ganaba la escena.
Propios y ajenos la llamaban Cesca, y así era como quería que la llamaran. Su nombre completo, que supe después, revelaba la mezcla incombustible de antepasados españoles y catalanes con ingleses e irlandeses. Tal vez fuera por esta mezcla corrosiva que, donde estuviera ella, no había nadie más, nada más. Su presencia, en el lugar que ocupara, aunque fuera un rincón, producía, al menos en mí, un absoluto desvanecimiento del entorno, como si la mente se negara a seguir registrando otras impresiones que las de su persona. En realidad, debería decir que era todo un personaje minuciosamente cincelado, con su porte excéntrico y sus peculiaridades a veces extravagantes, aunque ella no deseara, en lo más mínimo, llamar la atención.
Su nombre era Francesca Vallmajor Francis, pero sus artículos y notas, siempre marginales, que publicaba en periódicos y revistas igualmente marginales, incluso en fanzines españoles, los firmaba con diferentes seudónimos, algunos jocosos como el de Dolores Calatayud (por aquella copla que dice “Si vas a Calatayud, pregunta por la Dolores”) o sencillos como el de Amparito Muñoz, o haciendo uso de su segundo apellido y las iniciales de un escritor y traductor originario de Bristol, Rhode Island (H. E. Francis), que decía era primo suyo.
La empecé a tratar en 1973. Recuerdo la fecha, porque yo acababa de publicar mi primer libro y era, para horror mío y el de unos cuantos más, una “joven promesa”, y así le fui presentada. Cesca solía tener mesa fija junto a una de las ventanas acristaladas de La Paz que da sobre Corrientes, avenida que, por entonces, me trajinaba a diario y a distintas horas de la tarde o de la noche. Era a partir de las siete cuando se la veía apostada en el café, a veces sola y otras en compañía de algún amigo o conocido que la festejaba con veneración. No hay nada que atraiga más que una persona con cierto toque de sofisticación y el aire misterioso deloutsider, del escritor secreto que huye delestablishment y se propone ausente, extraño, extrañado, un poco extranjero.
Precisamente en La Paz fuimos presentadas por aquella gorda formidable que llevaba con mérito el apodo de Calamidad o Catástrofe, una mariquita enorme, muy desmelenada, que contaba chismes y, sobre todo, desgracias, escándalos personales, y lo hacía a expensas de vivas entonaciones y tal gusto por lo morboso que parecía gozar en grande con el dolor de los demás, incluso con el propio, pues no tenía ningún empacho en narrar con lujo de detalles los agravios que había sufrido por parte de algún homofóbico o de algún amante infiel.
A Cesca, a quien yo también reverenciaba secretamente, nunca le comenté que la conocía de antes, cuando ella visitaba la casa del malogrado poeta y ensayista Héctor A. Murena. Jamás olvidaré la primera vez que la vi. Tendría, por entonces, unos ocho o nueve años, pero la recuerdo como si fuera hoy: su abundante pelo rojo, la cabeza altiva, un vestido azul marino, su escote adornado de perlas y los guantes blancos. Salía de su cita como expulsada de la primera claridad de la luz.
El azar había querido que mis padres alquilaran transitoriamente un departamento minúsculo en la misma planta, el séptimo piso, de un edificio ubicado en la esquina de San José y Estados Unidos, donde residía Murena y viviría hasta su temprana muerte. El departamento era tan chico que mi hermano y yo pasábamos muchos ratos jugando afuera, en el pasillo. Su puerta y la nuestra eran las únicas de la planta y estaban enfrentadas, a escasos metros una de otra. Pero Murena nunca nos reprendió o se quejó a mi madre. Cierto es que éramos niños bastante silenciosos, y yo por nada del mundo me hubiera atrevido a disgustarlo. Era apuesto y elegante, paradigma de la masculinidad, una suerte de Gardel intelectual peinado a la gomina, con sus camisas impecables, sus trajes oscuros con chaleco, los zapatos relucientes. Ahora advierto que tenía la edad de mi padre, por entonces unos treinta y seis o treinta y siete años, pero para mí era un hombre sin edad, una leyenda. Mi tío hablaba mucho de Murena. Frecuentaban el mismo café de la cuadra y a veces departían de política o de fútbol. Murena no se sentaba a la mesa con los muchachos, bebía reclinad