El invierno en San Petersburgo es feroz. La nieve y el hielo se confunden y forman un único horizonte. La ciudad se desangra. Parece que la primavera se ha olvidado para siempre de ella. El primer invierno creí que no lo aguantaría. Nunca había visto tanta nieve. No entendía cómo la gente se atrevía a salir a la calle y dejar las mejillas al viento. Mis amigas me tuvieron que enseñar cómo debía cubrirme. Pero yo solo quería volver al sur. Era tan ingrato. Llegué a soñar con que podía hibernar. Dormir todo el invierno como un animal y despertarme con el deshielo. Sin embargo, ahora me gusta, me he acostumbrado. No me imagino unas fiestas navideñas sin hielo, sin nieve, sin las luces rojas y naranjas de los mercadillos que guían a los caminantes por la ciudad pálida.
Aquel invierno mentí a Olga. Me inventé excusas para no pisar la calle con ella los fines de semana. Lo intentaba pero no entendía el invierno de San Petersburgo. Creí que podría aguantar hasta la primavera sin salir de la academia pero un día, viendo caer los copos de nieve entre las columnas neoclásicas del patio, se me ocurrió abrir la ventana para oírlos. No hacían ruido. Caían con la levedad de otro elemento. Me abrigué y bajé al patio. Acerqué mi oído al suelo e intenté sentirlos. Nada, no se oía nada. Caían como en un sueño de invierno de un cuento ruso. Salí a la calle para ver si allí se podían oír. Pero no lo conseguí. Entonces me di cuenta. El cisne blanco debía posarse en el suelo de la misma manera: como en un sueño. Nunca he vuelto a ver una nieve tan blanca. Aún hoy me gusta mirar cuando empieza a nevar, pero el suelo se vuelve gris enseguida y da el mismo color a la nieve, que sigue cayendo impura.
Lo que más desearía es que el Neva se helara como cuando era joven, igual que una lengua exangüe e inútil que separa a los habitantes de una y otra parte de la ciudad. A mis sobrinos les he contado que en invierno hace tanto frío, que el río se hiela y se puede cruzar caminando desde el Hermitage hasta la fortaleza de San Pedro y San Pablo. Dicen que les avise cuando eso ocurra y que vendrán a verlo.
Al año de entrar en la escuela hice mi primera Gala de Graduación. Una especie de festival de fin de curso en el que bailábamos, por fin, en un teatro. Solo podían participar los alumnos a partir del sexto curso y se hacía para que nos acostumbráramos a pisar el escenario. Era un ensayo para la vida artística. Llevábamos los vestidos que habían hecho los diseñadores de vestuario del Mariinski. Nos maquillábamos como nos habían enseñado en la clase de maquillaje. Nos peinaban las mismas peluqueras que a los primeros bailarines. Por primera vez, entrábamos en contacto con el público, aunque solo fueran los profesores y los padres. En fin, sufríamos casi como un primer bailarín, pero nos caíamos mucho más. A día de hoy sigo pensando que es el mejor ejercicio del Método Vagánova: obligar a los alumnos a bailar en un teatro y que tengan la misma responsabilidad que un bailarín del Mariinski.
Se nos exigía el máximo. El primer año actué en grupo e hice lo mismo que habría correspondido a una bailarina solista de cualquier compañía. Interpreté el papel de la bailarina más famosa del sigloxix, Marie Taglioni, en el gran paso a cuatro del coreógrafo Jules Perrot. Elballet que simbolizaba y recogía la esencia del alma romántica. En 1845 lo interpretaron las cuatro mejores bailarinas del momento: Lucile Grahn, Carlotta Grisi, Fanny Cerrito y Marie Taglioni. La experiencia fue muy buena. Conseguí hacer todos los equilibrios sin caerme, aunque seguir la tradición me costó algo más. Debía bajar con cuidado de las zapatillas de punta, dulcemente, como si me sostuvieran por la cintura antes de llegar al suelo. Usé varias fotos de la Taglioni para documentarme. Tenía que imitar sus brazos, la parte más importante. Eran delicados y muy ligeros y, sobre todo, trabajar «la facilidad». El efecto que desprendían las fotos: hacer como si no costara nada. No sé si conseguí transmitir la sensación. ¡Era tan joven! Pero aún hoy, cuando escucho la música de Cesare Pugni me viene el recuerdo del movimiento de esos brazos y repito losport de bras en mi apartamento.
En octavo hice mi primer paso a dos con Misha. FueEl pájaro azul del acto tercero deLa bella durmiente con música de Chaikovski. Intenté ser tan vivaz e inquieta como la partitura. Ya entonces buscaba algo más que la técnica, que el entrenamiento, que lograr que los giros, los saltos y los equilibrios fuesen correctos. No fue bien. Los nervios me hicieron adelantarme a la música y dejé el escenario para entrar en las cajas antes de que terminara. La melodía siguió sonando en un tablado vacío