A la simpatía con la que fui recibido por la colonia oficial española en Roma, ya fueran diplomáticos o periodistas, se sumó la compañía de Paola y un decorado excepcional en un tiempo primaveral. Además, todo funciona mejor en una embajada cuando no hay embajador. Por todo ello mi nuevo destino era el paraíso. Alquilé un piso en el barrio de moda, el Parioli, cerca de la calle donde vivía Paola. Por la mañana iba a la oficina de prensa, que tenía su sede cerca de la embajada, y planificaba mi trabajo con Arnáu, el delegado de prensa que conocí en Burgos. A la hora del aperitivo nos dirigíamos a la cercana Via Veneto, y como por tradición los españoles sentábamos nuestras posaderas en la terraza del Venchi en lugar de en el Café Rosati, allí me tomaba mi vermú. Después de comer me trasladaba a mi casa para echar una breve siesta. Por la tarde trabajaba en el lanzamiento de la revista. La noche, que empezaba pronto, estaba reservada a Paola.
La situación general era de optimismo. Las fuerzas del Eje avanzaban en todos los frentes y la gente, por lo menos en Roma, hacía una vida más o menos normal. El abastecimiento general era mejor que en España. Se podían encontrar toda clase de productos y no había excesivos racionamientos. Tal vez por eso me llovían los encargos de todo tipo desde Madrid, especialmente de ropa. La familia directa e indirecta, antiguas novias, amigos y conocidos se sucedían en un rosario de peticiones: camisas, corbatas, ropa interior de mujer y de hombre, gabardinas, abrigos, paraguas, aparatos de radio... Incluso Julio Augusto me pedía agujas para su tocadiscos. Aficionado como era a la ópera, necesitaba recambios porque hacía un uso desmedido de su aparato. Desde luego procuraba cumplir con todos los encargos, y no digamos con Julio Augusto, que me proporcionaba la cobertura ideal para introducirme en el mundo del cine, gracias a mi revista.
De la gente de la legación, con quien hice mejores migas por cuestiones de edad, soltería y gustos, fue con el segundo secretario, Álvaro Valencia. Era un castellonense que llevaba un año destinado en Roma. Tenía aspecto de inglés, que acentuaba con chaquetas detweed y zapatos bicolores, y peinándose el pelo rubio hacia atrás con la ayuda de una capa de brillantina. La primera noche que cenamos juntos me miró con sus ojos castaños y me impartió el primer curso de su doctrina que se resumía en un principio fundamental: «Nunca olvides que tu verdadero enemigo es siempre tu compatriota, aunque contigo yo seré la excepción que confirmará la regla». Generosamente me cedió a tiempo parcial a Mimmo Dondero, un ordenanza de la embajada, más joven que nosotros, fuerte y avispado. Me explico. No es que hubiese cambiado de acera, sino que debido al volumen de encargos y sus correspondientes líos de permisos, envíos, correos y aduanas, me convenció de las ventajas de contar con este «ayuda de cámara» a cambio de un pequeño sobresueldo. Mimmo se lo sabía todo de la burocracia italiana, que superaba con creces a la española, aunque más propensa a dejarse comprar a un mejor precio. El ordenanza tenía un primo suyo que trabajaba en correos, lo que facilitaba mucho los envíos por paquetería.
En cuanto a la oficina de prensa, me llevaba bien con el segundo, Luis Ochoa. Era un hombre de baja estatura y calvo, con el cigarrillo siempre en los labios. Según me había informado Álvaro, mantenía en paralelo una relación con dos mujeres más altas que él y sin estar casado con ninguna de las dos. Como eso no estaba bien visto en la embajada, no podía desempeñar puestos de responsabilidad más importantes pese a conocer muy bien la psicología de los italianos por haber vivido muchos años allí. Nada nuevo: el reglamento siempre por encima de la eficacia.
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Juan me invitó a cenar a su casa, que se encontraba en un edificio tranquilo de pocos pisos del norte de Madrid. El piso, pequeño, lo tenía en régimen de alquiler. La casa estaba cuidada y limpia, por lo que deduje que una asistenta por horas se encargaba de la limpieza.
Se notaba que le gustaba cocinar, pues nunca había probado una cena tan rica hecha en casa. Primero un arroz oriental para seguir con un pescado con salsa, que estaba delicioso, y todo ello acompañado de un buen vino blanco. En cambio, yo detesto cocinar. Tal vez porque recuerdo las horas que le dedicaba mi madre sin conseguir el más mínimo agradecimiento paterno. O porque creo que hay que dedicarse a lo que a uno le gusta, y no necesariamente por el hecho de ser mujer ha de gustarte andar entre cacerolas. Atento y servicial, Juan no dejó que tocara plato alguno ni que recogiera la mesa, pues un invitado no es un camarero, me dijo.
Cuando estábamos sentados en el tresillo del salón escuchan