No sé qué fue.
El metro, que llegó zumbando antes de que la pantalla dijeraVA A EFECTUAR SU ENTRADA EN LA ESTACIÓN.
El metro los viernes.
El médico diciendo vamos a repetir la prueba porque sale una sombra que no se ve muy bien lo que es.
La sala de espera del médico.
Las vías del metro ahí abajo, metálicas, reluciendo en la oscuridad de ese pozo a donde sin embargo no llega el agobio de los cuerpos a mi alrededor.
La voz de la enfermera por megafonía, mientras todo el mundo me miraba a mí y yo marcaba tu número y la pantalla decía no se ha podido establecer la conexión.
Luego, una voz.
EL TELÉFONO MÓVIL AL QUE LLAMA ESTÁ APAGADO O FUERA DE COBERTURA.
El viernes.
Y el impulso súbito, imparable.
Ahora, claro, todo es más difícil.
No había contado con eso.
Ahora no hay vuelta atrás.
Pero lo que complica aún más las cosas, lo que las hace insoportables, es la desilusión.
Vuelvo a mirar tus fotos y aún no doy crédito.
Miro los vídeos tuyos que tengo grabados y ya no me dicen nada.
Tus ojos sin fondo.
Tu rostro triangular.
Tu nuez sobresaliendo.
Tu nuez que sube y baja cuando hablas, acomodándose en el cuello almidonado de tu camisa.
Tu camisa.
Blanca. Negra. Roja.
Como una bandera.
El gesto de tus manos huesudas al hablar, como si quisieras que ellas también hablasen.
El polo de manga corta que nunca sacabas en televisión, pero que llevabas puesto en un reportaje de alguna revista delcuore, el verano pasado.
R. D. se relaja en buena compañía en las playas de Fuerteventura.
Puñetera mierda.
Y yo, ¿qué tengo?
Una historia que escribí pensando en ti.
Una foto de estudio dedicada,Con afecto, a Lola B., firmada por vete tú a saber quién.
Y el alma hecha jirones.
Y el cuerpo, ya, qué importa.
Yo no te puedo decir esto así, a las claras, de tú a tú, pero fíjate que me da envidia esa mujer impedida que va en silla de ruedas, perfectamente arreglada y vestida, a pesar de los mitones de cuero que cubren las manos deformadas para ayudarlas a deslizarse por ese aro metálico y redondo sin desollarse.
La envidio tanto.
La envidio porque parece feliz, por encima de su incapacidad, de su deformidad, su rostro tiene una sombra de tristeza tan leve que sólo un ojo acostumbrado a la tristeza misma captaría.
Sonríe cuando su marido le acerca la copa de vino para que beba.
Sonríe cuando se retira una onda perfecta de la melena con un gesto coqueto a pesar del zafio guante de cetrero que cubre su mano, ya una garra deformada.
Y él sonríe también.
Ella no para de hablar.
No logro escuchar de qué hablan, pero adivino que no es una conversación banal.
Los contemplo a los dos, sentados a la mesa que comparten junto a la nuestra, y no puedo evitar la comparación.
Ellos parecen novios.
Nosotros, un matrimonio antiguo.
Sólo nos falta a ti el puro y a mí el pañuelo bordado.
Miro mis manos, mis piernas, mi ropa.
Recuerdo mi pasado de modelo de fotografía y me sorprendo envidiando a una mujer incompleta y deforme.
Y me odio por ello.
No por envid