Segunda parte
Lo recuerdo todo y no recuerdo nada. Incluso ahora, después de casi un año tratando de ordenar los recuerdos y de ahuyentar las pesadillas, ya no sé qué es verdad y qué es pura ensoñación, una película pasada a toda velocidad, a veces sin sonido, a veces llena de ruidos dispares, contaminada, de ruidos y voces de todo tipo, de ruidos que en ocasiones no me dejan oír las voces, y veo esas figuras vestidas de amarillo y luego otras vestidas de verde. La luz de la sirena y el vaivén de mi sopor en la ambulancia, cruzando el barrio en dirección al hospital y las luces del techo, muchas luces redondas, y la mesa metálica, y a veces las figuras vestidas de verde mueven la boca y no dicen nada, sólo oigo chocar camillas, patas metálicas de la mesa metálica que se pliegan, se despliegan, se cierran y se abren.
Otra vez. Esa voz dirigiéndose a alguien:
–Con cuidado, así, con cuidado.
La misma voz dirigiéndose a mí:
–No te preocupes, todo va a ir bien, no te preocupes, todo va a ir bien, sólo ha sido un desmayo, y el brazo no está roto. Un esguince, quizá.
–Pero la sangre, la sangre… –me oigo barbotar.
–Corre, date prisa. –Otra voz distinta–. No hay hemorragia…
Y luego se va.
¿Y yo? Me voy. Me quedo.
–Sólo es un rasguño –dice la primera voz–. Un par de puntos como mucho, no te preocupes, todo va a ir bien, no se te notará nada.
Pero sí, se notan siempre, las cicatrices.
Todas las cicatrices se notan.
Recuerdo haberme dormido sin quererlo, después de haber pensado que tal vez no volviera a despertar, y recuerdo el sentimiento horrible de pensar que tal vez aquello era el fin y no me importaba. Otra vez aquellas voces interrogándome: ¿sabías que estabas embarazada?, cuántos años tienes, cuántos niños tienes, dos son suficientes, no te preocupes, hay otras cosas en la vida, cuál es tu grupo sanguíneo, tranquila, esto pasa a menudo, todo va a ir bien.
¿Cuál fue esa vez, la primera o la segunda?
La primera, hacía un año.
La segunda, hace apenas unas semanas.
Las dos veces había luz.
La luz era blanca una vez y naranja la otra.
No sé si la primera o la segunda vez.
Cuando me subieron en la ambulancia del Samur grité los niños, los niños, y llamé a Klaus y alguien preguntó si era mi marido.
Le respondí que no.
–Lo siento, señora, sólo familiares.
La primera vez, recuerdo haber llamado a Enrique una, dos, tres, cinco veces, la pantalla del móvil con su nombre repetido una y otra vez, en el último intento, el penúltimo, el anterior, el otro, tantos, ¿cuántos?, sin respuesta, ninguna respuesta, mientras la hemorragia iba a más y el dolor iba a más, mientras esperaba a que llegaran Victoria y mi madre porque no tenía con quién dejar a los niños, que miraban espantados el suelo del baño, las ropas ensangrentadas de su madre, que trataba de tranquilizarlos sin quebrarse ella.
No recuerdo quién de las dos vino primero.
En algún momento de la segunda vez, cuando la luz naranja, llegó el Samur y con ellos Klaus.
Pero de pronto invade mi mente la escena en el coche de Victoria, camino del hospital con ella increpando a todo el que la pitaba por saltarse los semáforos en rojo. Recuerdo la lluvia.
Enrique era mi marido y todo el mundo me preguntó por qué no estaba allí.
Yo repetía los niños, los niños y llamaba a Klaus desde la ambulancia del Samur y me dijeron lo siento, señora, sólo familiares.
Entonces se cerraba la puerta, dejando a Klaus detrás, bañado en aquella luz naranja.
Me decían no te preocupes, todo va a ir bien, pero yo ya sabía que todo no, todo no iba a ir bien. Algo muy grave estaba pasando,me estaba pasando. Recuerdo haberme dormido sin quererlo y haber despertado sin desearlo, sin buscarlo, a instancias de la enfermera de lauci que me llamaba por mi nombre, al oído.
Lauci, la luz blanca y metálica de lauci. La primera vez.
La segunda vez, la luz naranja de la ambulancia del Samur, de la calle, con los cipreses al fondo, sobre el monumento a los Caídos, con aquel hombre mutilado.
–¡Klaus! ¿Dónde está Klaus?
–Lo siento, señora, sólo familiares.
La voz del médico de guardia diciéndome cuando una puerta se cierra, otra se abre. Después, preguntando a alguno de los ayudantes:
–¿Todavía no ha llegado el marido?
Y luego diciéndome a mí:
–Tu madre te está esperando arriba, te vamos a subir a planta.
Recuerdo a mi madre dormitando en la butaca con marcas de lágrimas en la cara, su cara más ajada, más vieja de lo habitual, como una máscara burlesca de su yo de diario, la de ir al mercado y al Club de Mayores del patronato y a sus viajes del Imserso.
Y de Enrique, ni rastro.
Y Klaus, ¿dónde estaba Klaus?
Cuando me desperté esta mañan