: Remedios Zafra
: Los que miran
: Fórcola Ediciones, S.L.
: 9788417425012
: 1
: CHF 8.90
:
: Geisteswissenschaften allgemein
: Spanish
: 121
: Wasserzeichen
: PC/MAC/eReader/Tablet
: ePUB
'Ante una persona sin futuro el rostro se inclina. Parece que así sucede cuando los que amamos se mueren. La vida, como la muerte sin adornos, como la enfermedad, se derrama y huele demasiado para ser un cuento. Ignoro dónde podría yo amarrar mis ojos para olvidar. Me salva el refugio de este sueño controlable que me proporcionan las imágenes enmarcadas. El mundo pasado a imágenes es un bellísimo espejismo, una droga para olvidar la carne y las heridas, para cambiar el curso del tiempo. Habitar en esta pantalla le hace a una sentirse al mismo tiempo cobijada y despojada de alma. Y no basta la escritura, pero es necesaria. En algún momento descubrí que nadie alcanza a hacer reflexiva la herida sólo habitándola, sin compartirla con otros, que nadie sobrevive sin interpelar a otros. Y entonces aparecieron 'ustedes', con sus dedos que pasan páginas, con sus señales verdes encendidas, online, muchos, pero solos, como nosotros, como yo. Y la pregunta surgió tras un gemido en su respiración, o en la mía: ¿quién está al otro lado de la puerta, quién dentro, quién mira desde el umbral y quién se ha ido?' En esta su primera novela, Remedios Zafra penetra y lame las vidas que narra con la dureza de quien se siente zarandeado por la muerte de aquél a quien se ama; una muerte aquí duplicada: la física y la social; pero también con el desgarro y la ternura de quien descubre no sentirse ya conminado, como antes, por los otros que 'miran y piden', que 'miran y teclean'. Con una punzante intensidad narrativa que transita lo poético sin temor a lo reflexivo, la autora deja atravesar la época a través del duelo de una peculiar familia: 'Érase un niño huérfano, una mujer-dañada, un amor-máquina y unos ojos de cristal, que llegaron aquí y que vivieron'. Lo hace desde la incontenible pulsión autobiográfica que hace (o finge hacer) ficción.

Remedios Zafra (Zuheros, Córdoba, 1973) es escritora y profesora de la Universidad de Sevilla, especialista en el estudio crítico de la cultura contemporánea y sobre identidad y género. Es autora, entre otros, de los libros Ojos y capital,(h)adas. Mujeres que crean, programan, 'prosumen',teclean; Un cuarto propio conectado. (Ciber)Espacio y (auto)gestión del yo (Fórcola, 2010); #Despacio; Lo mejor (no) es que te vayas; y Netianas. N(h)acer mujer en Internet. Su obra ensayística ha sido traducida al italiano y al inglés y ha logrado importantes reconocimientos, como los premios Meridiana de Cultura 2014; de las Letras El Público 2013; Málaga de Ensayo 2013; de Comunicación de la Associació de Dones Periodistes de Catalunya 2010; de Ensayo Caja Madrid 2004; de Investigación de la Cátedra Leonor de Guzmán 2001 y de Ensayo Carmen de Burgos 2000.

Inutilidad de los ojos


Abrir el ojo para saber, cerrar el ojo o, al menos, escuchar para saber aprender y para aprender a saber: éste es un primer esbozo del animal racional.

Jacques Derrida

Una paz, como de no haber existido o de no tener memoria, me paralizó durante varios segundos antes de congregar en mi cuerpo a todas las personas que he sido, apretadas para mirar desde las distintas capas de recuerdos compartidos con mi hermano y a través de los ojos de ahora, corridos de rímel y con restos de máscara de ojos azul marino, de textura grasienta como de mantequilla o de lágrima. Una paz que anunciaba la estridencia de la conciencia frente a mi hermano semitendido en aquel baño que también era azul, más claro, pero estaba rojo, mientras su sangre brotaba como si trasvasara la vida de su cuerpo a la casa y el canal Viajar sonaba en el salón vacío, hablando del irse en otro idioma, más dulce y ornamentado que la boca cuando se despide de veras. Y mi hermano Manuel recostado entre el suelo y la pared, su cuerpo blanco, nuestras ropas rojas, la casa escindiéndose de él, y él parecido a él, casi sin serlo.

La voz de fondo era de papá, despeinado, encendido su rostro y fuera de sí, gesticulando y cayendo como un animal encerrado, pidiendo a Dios por las esquinas de las habitaciones por las que derivaba sin control que mi hermano volviera como una aparición, con la imagen de antes, pero renovada, suave y enternecida, como la Virgen que dice su amigo Miguel se le presentó a él en el campo, un día, hace tiempo.

Ante una persona sin futuro el rostro se inclina. Parece que así sucede cuando los que amamos se mueren. Quizá por ello todos permanecimos doblados hacia mi hermano, mientras mi padre, como una Santa Teresa efervescente y plisada, torcía cuerpo y cabeza hacia arriba.

Papá, delirante, oblicuo y mirando al techo, pedía ver a mi hermano de otra manera. Yo, sintiendo un cuello absolutamente falible, casi incapaz de sostener la cabeza y la mirada, deseaba bajar los párpados y disgregar la imagen exterior, soñar repentinamente u olvidar, dormir o manipular mi percepción para confundir la realidad, queriendo descubrir un posible espejismo o una ficción imprecisa y extrema con sus costuras y botones. Deseaba que tanto amor contenido no explotara inútilmente demasiado tarde, ahora que todo parecía tan «inútil», tan «demasiado» y tan «tarde».

El amor resbalaba como el agua sobre el plástico incapaz de calmar la respiración angustiada, perfilando más si cabe la imagen intransigente de mi hermano quitándose la toalla del cuello, que era fuente y era cuello, como si dijera a la vida, antes dorada y disponible: «Maldita, no has hecho bastante». Y a nosotros: «Recordadme, es mi gesto y en este cuerpo enfermo mando yo por el tiempo en que esta sangre que es mía, pero ahora de la casa, deje de llegar a mi cabeza», que por unos segundos piensa: «Maldita vida que no…». Y en un aliento sin grandezas, y sin tiempo y sin aire, mi hermano se deja la frase sin terminar con ese olor a muerte tiritando de humano en las baldosas. Y la imagen de su rostro se paraliza derrotada mientras una mosca vuela, su cuerpo resbala entre nuestros dedos y nosotros nos movemos torpes gritando con ojos no humanos, queriendo recordarlo todo pero sin ver, queriendo olvidarlo todo y, sin embargo, memorizando cada detalle del instante que nos señala, con demasiada antelación, qué poco dura una vida, qué banal ahora todo lo que pudo haber sido.

Poco tardaron en amontonarse palabras tardías de amor reservadas para el instante pero atascadas por la escena y derramadas de pronto como un vómito inservible. Palabras y zarandeos que quisimos decir y hacer para sostenerlo aquí, desde un posible instante desmayado o de reversibilidad en el que tal vez podríamos haber ganado algo más de tiempo…Maldita vida que no

Nada evitó que todo el peso de la conciencia cayera sobre nuestros párpados, que buscaban mimetizarse en sus ojos grandes y oscuros, casi negros, para cambiar sus gestos, presionando por empujarle a este lado del dolor.Inténtalo, hermano, inténtalo… Pero un párpado ajeno no puede mover un párpado que sucumbe.

Repetidamente procuré desenfocar ese primer plano que aún me acompaña, suavizarlo con besos… Todavía ahora intento desencadenar imágenes de otros tiempos, mezclarlas con bromas pesadas que duran demasiado, con figuraciones y días de lucidez, pero todo lo concentrado en aquel rostro poseía la radicalidad de lo hipervisible, del aquí todo y aquí nada, punto y acantilado.

Llegué a imaginar un castillo sin salida. No suponía que aquellos muros, que aquel mapa, serían permeables, que de aquella imagen podríamos salir con los ojos cerrados y abrirlo