No debe de ser una casualidad el hecho de que Francia2, uno de los países que más casos ve al año de suicidios, haya aportado al mundo un variopinto caudal de investigaciones que marcan un punto de inflexión en este campo: por un lado, a finales del sigloxix, Durkheim emprende la redacción del fruto de sus abundantes pesquisas sociológico-suicidas y publicaEl suicidio. Estudio de sociología. Por el otro, cabe remarcar que la suicidiología es una ciencia reconocida por la Academia de Medicina gala desde 1985. En todo ese tiempo, entre un momento y otro, a lo largo de un sigloxx cargado de guerras, éxodos y represiones, del diagnóstico de nuevas enfermedades mentales y los avances –si bien aún limitados– en materia de depresión, la estadística de suicidios se ha disparado hasta alcanzar una cantidad extraordinariamente elevada. También entre los artistas escritores, y en un considerable número por razones que, por decirloà laDurkheim, se basarían en la no pertenencia a la sociedad, en la incomprensión por parte del entorno de un alma sensible y extraña, en la incomodidad de no saber adaptarse, pues, aunque el investigador francés entendía el suicidio como un mal que se gesta de manera íntima, otorgaba una gran importancia a las circunstancias sociales, que serían las que a la postre arrastrarían al individuo hasta el fatal desenlace: es decir, que el hecho deser o no ser admitido en el ambiente del propio grupo, clan, tribu, pueblo o ciudad constituía, bajo su prisma, el factor determinante del suicidio.
Y sin embargo, pese a la gran cantidad de posibles agrupaciones en torno a la estadística suicida y más allá de toda visión clínico-objetivista, el misterio de los motivos –si éstos son sustancialmente diferentes– de los suicidas que, además, son escritores, filósofos o artistas permanece oculto en cada cadáver, según la opinión del psiquiatra Luis Rojas Marcos: «A pesar de los avances en nuestro conocimiento de las motivaciones que guían el comportamiento humano, todavía resulta difícil explicar el suicidio. Una razón bastante obvia es que no podemos examinar directamente lo que pasa en la mente atormentada de los suicidas consumados. Dependemos casi siempre de conjeturas sobre sus vidas pasadas».
Según los estudios suicidiológicos, los escritores son de diez a veinte veces más propensos que otras personas a sufrir enfermedades maniacodepresivas o depresivas, lo que les puede conducir a menudo al suicidio. El asunto se vuelve más perentorio si el escribiente cultiva la poesía3, género que deja aflorar como ningún otro las complejas impresiones que pueden provocar la tristeza, la soledad o el dolor intensos. Otra especialista en medicina, Isabel Cristina Pires, en su ponencia «Dolencia afectiva y creatividad», donde estudia el elevado número de suicidios entre escritores y pintores lusos –Unamuno dejó dicho: «Portugal es un pueblo de suicidas»–, no hace sino corroborar la sospecha de que las vivencias angustiosas se reflejan en muchas manifestaciones artísticas, y se fija, asimismo, en algo que parece paradójico:
¿Es la creatividad una reconstrucción de la realidad en la que el creador escoge libremente las piezas de su puzle, exigiendo para ello plena integridad del pensamiento, o por el contrario, el pensamiento psicopatológico está empobrecido y perturbado por la dolencia mental, haciendo evidente la asociación entre patología mental y creatividad? ¿Será verdadero el viejo mito de que el artista es un loco? Pero cuando hablamos de dolencia mental, ¿a qué nos estamos refiriendo? ¿Y de qué manera podrá influir esa patología en la creación artística?4
A tantas incertidumbres sobre el gesto suicida, y parafraseando a William Shakespeare, se añaden preguntas, preguntas, preguntas. Todas sin respuesta objetiva a no ser que confiemos en la observación médica de que los escritores tienen una mayor dolencia afectivo-depresiva, sobre todo bipolar, así como una tendencia mayor a la melancolía e incluso al alcoholismo. Y es que, en ciertas ocasiones, el instinto de matarse subyace de modo innato: «El suicida nace muerto a la vida, con esa muerte trágica esperándole en alguna parte de su rutina, aguardándole paciente y silenciosa como una loba para llevarse lo que es suyo», escribe Andrés Trapiello en un artículo sobre el suicidio de una joven escultora enamorada de Juan Ramón Jiménez.
Con todo, las excusas para matarse, por muy visibles y precisas que sean, siempre aceptan «una interpretación nebulosa», como apunta el suicida Primo Levi enLos hundidos y los salvados (1989) al recordar el suicidio del filósofo Jean Améry, víctima del acoso nazi y defensor de la muerte voluntaria como máxima libertad de expresión humana. «En efecto, la cuestión no es por qué me mataré, sino por qué no matarme», dirá el protagonista deLos suicidas (1969), del argentino Antonio di Benedetto, sintetizando a la perfección el derecho privado de sentir el desconcierto de la vida y buscar consuelo en el pensamiento de una defunción prevista, aunque sólo