5 de enero
Debajo de varias carpetas, de un atado de fichas y una pequeña pirámide de malaquita, sé que hay un cuaderno con un relato que terminé antes del verano de dos mil once,Camino de casa. Apenas cien páginas en las que quise recrear una experiencia tan antigua como el hombre, pero que, desde mediados del sigloxix, tomó una dimensión nueva. No es fácil formular dicha experiencia, pero quizás se podría decir que tiene que ver con el estado de nuestra conciencia al saber que somos productos de la evolución y que en nuestro ADN hay memoria de los otros animales y formas de vida que hemos sido. Cierto, esto es algo que estudian los niños en el colegio, pero sería un error por precipitación si pensáramos que lo hemos asimilado, entendiendo por tal una comprensión no superficial de sus implicaciones. El dato es éste, y podría ser formulado con más exactitud, pero las resonancias de tal información en el conocimiento que podemos tener de nosotros mismos son de una complejidad inabarcable. Quizás sea sencillo, en cierto sentido, pero es complejo porque lo hemos de entender en relación a nuestra historia, a los significados de nuestras creencias (de la religión al capricho) y filosofías. El cuaderno me espera ahí para ser revisado, aunque lo sé concluido, a falta sólo de subsanar alguna falta de concordancia, una repetición de palabras, un descuido. Como no es un ensayo, aunque lo sea en cierto sentido muy literario, no hay tampoco conclusiones, pero a mí me sirvió, entre otras cosas a las que no es ajena la tarea de inventarme en el despliegue espiral de lo narrativo, para descender a un arcano. He reflejado en otro libro,Reloj de viento, una especie de katabasis: esa experiencia de los pitagóricos de descenso iniciático, sólo que en mi novela estaba más bien simbolizado al situar a uno de los dos protagonistas en un sótano donde éste desarrolla su tarea, solitaria y colectiva a un tiempo. Anteriormente, enLa tarde a la deriva, ubiqué a su antónimo (el otro lado de lo mismo) en la parte alta de la casa, donde desempeñaba su tarea de escritor. Esa oposición se resuelve al final deReloj en una espiral en la que, al bajar uno de los personajes, el otro (el mismo) sube, no se ven, no pueden verse, pero se intuyen. Cada uno es un fantasma (una imagen) del otro.
¿Cuál es ese arcano? Por un lado, biográfico, pero sobre todo es algo que está más allá de mi individualidad y del que no tengo más remedio que afirmar que afecta a la especie. Pero Dios me libre de hablar en nombre de la especie. Me basta con contar el paseo que voy dando.
Le he echado un vistazo a aquella novela de 1998 con la sospecha de que hay unas imágenes a las que siempre vuelvo, o mejor, que siempre vuelven a mí. Acaba el libro con estas líneas: «Me pregunto adónde irán estas hojas, adónde la transparencia, adónde la tarde [...] Busco la tensión de la pregunta, el arco que al desplegarse abarca la totalidad del espacio, el arco que al abrirse acoge en su diámetro al sujeto y a lo enunciado:adónde». Presente este mito en mi siguiente novela, se entrevé en la que cierra el ciclo,Señora del mundo, y late en este cuaderno que ahora saco del pequeño montón de papeles: «Pero para hablar con el niño, con las huellas que el tiempo ha dejado, para hablar contigo, creí que podría contar un cuento, contarme camino de una casa de la que no he salido, hecha del viento que hace sonar las hojas».
En la espiral de unnautilus, como en la de cualquier caracol, podemos encontrar un comienzo, pero el milagro, por decirlo así, es su desarrollo, el despliegue. No es posible encontrar el inicio de lo que llamamos hombre, aunque hay un momento anterior, imperceptible a la observación científica, en el que aún no, y otro posterior en el que ya sí. No invoco milagros y deus ex máchina, sino que la gradación debió ser muy lenta. No creo que haya ninguna explicación en el origen, y por lo tanto ninguna revelación (científica) que nos aclare el misterio de nuestra condición. Antes de nuestra aparición ya había inteligencia en el mundo animal, como la hay ahora paralelamente a la nuestra. Estamos hechos, incluidos nuestros sueños, de la materia del universo. Las estrellas son las calderas en las que se ha forjado nuestra mirada. Hay que leerEl cuento del antepasado (The Ancestor’s Tale. A Pilgrimage to the Dawn of Life) de Richard Dawkin: el sabio viaje de un naturalista a la