i. el avance
Preparativos
El día de la movilización me hicieron cabo. No pude ir a despedirme de mi madre y tuve que hacerlo por carta. El día de la partida recibí su respuesta:
Hijo mío: ¡Sé leal y condúcete como es debido! Eso es todo lo que puedo escribirte. Aquí hay mucho que hacer. Tu hermano también ha sido reclutado y nosotras, dos mujeres, tenemos que hacerlo todo solas. Todavía no podemos contar con la ayuda de los nietos. Te mando un par de calcetines gruesos.
¡Que te vaya bien!
Tu madre.
Me guardé la carta en la cartera y fui a la cantina a comprar un poco de papel de escribir. La gente corría por los pasillos. En la cantina, un grupo se agolpaba delante del mostrador.
—¡Eh, Ludwig! —dijo Ziesche sonriéndome maliciosamente y alzando un vaso de aguardiente— ¡Por el primer ruso!
Max Domsky, la «Perla», sentado sobre una mesa, meciendo las piernas, se divertía mirando a unos y a otros.
Al fondo, peroraba un cabo gordo y barbudo: «¡Ya verán esos perros lo que es una paliza alemana!». Envalentonado por sus propias palabras, continuó: «Conozco bien a esa canalla. No en vano he pasado tres años en París. Cuando llega un guerrero alemán, todos salen corriendo».
Compré el papel y salí. La Perla me siguió. Ni siquiera lo miré.
—¿No te alegras? —me preguntó.
—Sí —dije con frialdad.
—¿Por qué no te has quedado?
—No podía soportar su cháchara.
La Perla guardó silencio. Me di cuenta de que quería decirme algo.
Cuando estuvimos en nuestra habitación me senté en un taburete y le pregunté:
—A ver, ¿qué te pasa?
Se sentó sobre la mesa y me miró como si esperara algo de mí. Mi pregunta no le debió parecer una pregunta como Dios manda.
—¿Te da miedo la guerra? —maticé.
—Todos esos se alegran.
Me quedé pensativo. Seguro que lo que le rondaba por la cabeza en esos momentos tenía que ver con la guerra y con el peligro de morir.
—¡Ludwig!
Me asusté. Nunca me había llamado Ludwig.
—¡No tengo padre! —dijo esto como quien te tiende un pedazo de pan. ¿Qué se supone que debía hacer yo? ¿Darle la mano? No era un hombre precisamente sentimental.
—Max —dije yo—, tienes un hermano.
Me miró con absoluta tranquilidad. Me había comprendido, aunque por lo general nunca comprendía las cosas más sencillas. No demostró alegría alguna. Tampoco dijo nada. Simplemente se preparó para incorporarse a filas. Yo me eché a la espalda la pesada mochila. No esperaba que me dijese nada más. Algunos camaradas comenzaron a entrar alborotando. Yo fui una vez más al retrete y después bajé las escaleras pronto a incorporarme. Tenía la sensación de que mis ojos miraban en rededor, completamente fuera de mí, mientras que yo permanecía enteramente dentro de mí mismo. Mis piernas se movían, el macuto me pesaba. Pero ello nada tenía que ver conmigo.
El viaje en tren
Formamos en el patio del cuartel. Detrás de nosotros estaban enganchando los vagones. El alférez Fabian llegó muy contento con un macuto barnizado de negro que, sobre sus anchas espaldas, parecía un morral escolar. Se detuvo delante de nosotros.
—No hay necesidad de pronunciar discursos. Somos como una familia. ¡Y gracias a Dios, en nuestra familia tenemos unaPerla!
Nos reímos. Eso está muy bien, pensé yo; así sabrán los reservistas qué clase de alférez tenemos. Porque casi todos querían a la Perla aunque le tuvieran por un idiota.
—¡Tercera compañía! ¡En formación! ¡Todos los grupos, giren a la derecha! ¡Marchen! ¡Alto! ¡Compañía, marche!
La músi