: Francisco Fuster
: Baroja y España Un amor imposible
: Fórcola Ediciones, S.L.
: 9788416247325
: 1
: CHF 8.90
:
: Biographien, Autobiographien
: Spanish
: 201
: kein Kopierschutz
: PC/MAC/eReader/Tablet
: ePUB
El árbol de la ciencia es la obra cumbre del pesimismo y de la socarronería, del estudio científico-orgánico de ciertas especies humanas de Pío Baroja. Pero es también un lamento subjetivo, individualista, de quien siempre fue a la suya y dijo la suya. El ensayo de Fuster, Baroja y España: Un amor imposible, es un libro revelador: no hace arqueología de algo inerte, sino que emprende un examen en tiempo real, por lo que Pío Baroja o Andrés Hurtado son interlocutores bien vivos, aunque la muerte, la decepción y la derrota sean su lastre y consumación. Esta novela ejemplifica la relación de su autor con España: Baroja deplora los nacionalismos, la política de escaso vuelo, la sociedad inerme y paralizada, la España sucia. Su deseo era convertir España en un país verdaderamente constitucional y jurídicamente europeo, sin casticismos clericales, sin ventajistas o logreros de la política. Un país con derechos individuales reconocidos y respetados. Con gentes cultas y deferentes. Sin fanáticos. Baroja describe a Andrés Hurtado siempre desengañado, reconcentrado, generalmente triste, que se desenvuelve como un anarquista instintivo, y que padece una soledad incurable. El árbol de la ciencia es la obra cumbre del pesimismo y de la socarronería, del estudio científico-orgánico de ciertas especies humanas. Pero es también un lamento subjetivo, individualista, de quien siempre fue a la suya y dijo la suya. El ensayo de Fuster es un libro revelador: no hace arqueología de algo inerte, sino que emprende un examen en tiempo real, por lo que Pío Baroja o Andrés Hurtado son interlocutores bien vivos, aunque la muerte, la decepción y la derrota sean su lastre y consumación.

Francisco Fuster (Alginet, Valencia, 1984) es Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad de Valencia. Se dedica a la historia de la cultura española de la Edad de Plata (1900-1936) y es autor de Ante Baroja (Publicaciones de la Universidad de Alicante, 2012), una edición crítica, revisada y ampliada de todos los textos de Azorín sobre Baroja, y del ensayo Baroja y España: un amor imposible (de próxima aparición en Fórcola). Es asimismo responsable de la edición de ¿Qué es la Historia? Reflexiones sobre el oficio de historiador (Fórcola, 2012), antología de artículos de Azorín; de la edición de Caricaturas y retratos. Semblanzas de escritores y pensadores (Fórcola, 2013), y de Crónicas de viaje. Impresiones de un corresponsal español (Fórcola, 2014), ambas antologías de artículos de Julio Camba.

el progreso y sus descontentos


EnLas grandes urbes y la vida del espíritu (1903), el sociólogo Georg Simmel emplea su conocida finura analítica para describir el cambio que supone para el hombre moderno la vida en las grandes ciudades que nacen en Europa a principios del sigloxx. Desde el punto de vista de la relación del individuo con la sociedad de su época, considera Simmel que aquello que distingue la modernidad es la lucha constante del sujeto por intentar librarse del dominio que la sociedad ejerce sobre su autonomía, a través de la imposición velada de una cultura y una tradición, de una determinada herencia histórica de la que le resulta imposible sustraerse:

Los más profundos problemas de la vida moderna manan de la pretensión del individuo de conservar la autonomía y peculiaridad de su existencia frente a la prepotencia de la sociedad, de lo históricamente heredado, de la cultura externa y de la técnica de la vida (la última transformación alcanzada de la lucha con la naturaleza, que el hombre primitivo tuvo que sostener por su existenciacorporal). Ya se trate de la llamada del sigloxviii a la liberación de todas las ligazones históricamente surgidas en el Estado y en la religión, en la moral y en la economía, para que se desarrolle sin trabas la originariamente naturaleza buena que es la misma en todos los hombres; ya de la exigencia del sigloxix de juntar a la mera libertad la peculiaridad conforme a la división del trabajo del hombre y su realización que hace al individuo particular incomparable y lo más indispensable posible, pero que por esto mismo lo hace depender tanto más estrechamente de la complementación por todos los demás; [...] ya vea el socialismo, precisamente en la contención de toda competencia, la condición para el pleno desarrollo de los individuos; en todo esto actúa el mismo motivo fundamental: la resistencia del individuo a ser nivelado y consumido en un mecanismo técnico-social.

Una de la reacciones del individuo moderno frente a este progreso material de la sociedad europea que amenaza con consumirlo, con asimilarlo como una pieza más de ese engranaje omnipotente que es la civilización occidental, consistirá en adoptar una actitud de descreimiento y escepticismo —cuando no directamente de rechazo y oposición— ante las bondades de este desarrollo indefinido. En el caso de Nietzsche, y por seguir con el autor que he tomado como guía en este paseo por el paisaje intelectual de la Europa de fin de siglo, la duda se convierte con el tiempo en sospecha y, en ocasiones, en una reacción vehemente que él mismo no duda en liderar. En cierto modo, el discurso nietzscheano sobre la enfermedad europea ya es una muestra de la cuarentena a la que el filósofo somete esta idea del avance material basado en la ciencia y la técnica. Como nos explicaba enHumano, demasiado humano, la existencia de espíritus reaccionarios no sólo no es perjudicial para el progreso, sino que, al contrario, sirve para probar —en línea, una vez más, con la idea gramsciana— que si esos nuevos valores de la modernidad no terminan de imponerse claramente es porque hay algo en ellos que los hace débiles, inconsistentes:

La reacción como progreso. Aparecen de vez en cuando espíritus rudos, violentos y arrebatadores, pero no obstante atrasados, que una vez más conjuran una fase pasada de la humanidad: sirven de prueba de que las nuevas orientaciones contra las que operan no son aún lo bastante fuertes, de que les falta algo: si no, harían mejor oposición a esos conjuradores.

Pero, al margen de esta incertidumbre, el innegable avance científico-técnico de la civilización europea a lo largo del sigloxix y las primeras décadas del sigloxx tiene otras implicaciones. Desde finales del sigloxix son varios los pensadores que, reflexionando acerca de la crisis, se preguntan sobre la repercusión directa que este progreso material de la sociedad tiene en cada uno de los individuos que la forman. De las opiniones de algunos de ellos se desprende que, si algo caracteriza la cultura occidental durante estos primeros años del siglo, es la terrible desproporción que existe entre su alto nivel de desarrollo en todos los aspectos (ciencia, técnica, arte, literatura) y el escaso nivel cultural medio de un individuo que ve como esos avances no tienen una traducción directa en el aumento de su sensación de bienestar, de su felicidad personal.

Uno de los primeros en detectar esta cara menos favorable del progreso es Durkheim, quien enLa divisió