prólogo
Aquellos (y estos) tiempos convulsos
Manuel Trallero
«Vivir la historia es más difícil que leerla o escribirla. A veces es algo terrible, algo indescriptiblemente cruel y doloroso. La historia que transcurre delante de los ojos de uno suele ser desagradable e indecente».
Josep Pla1
I
No deja de ser sorprendente que todavía hoy en día la figura de Josep Pla, y en menor medida la de Francesc Cambó, sea motivo de debate, cuando no de abierta confrontación. Es como si su espíritu no pudiera descansar nunca en paz, condenado a vagar toda la eternidad entre críticas y debates en espera del merecido reposo. Su figura sigue siendo empleada como arma arrojadiza de los unos contra los otros, yendo y viniendo según la perniciosa ley del péndulo. Posiblemente algo parecido suceda en casi todos los rincones de este planeta, pero en Cataluña, y a propósito de Pla, continuamos asistiendo impertérritos a una interminable «caza de brujas», cuyo último auto sacramental ha sido la publicación en 2013 de las actas de un congreso celebrado en Londres en el año 2008 sobreLa cara oscura de la cultura catalana2. Un título revelador, que remite implícitamente a algo sucio y maloliente, tenebroso y perverso.
Sobre este cónclave volveremos de forma recurrente, pero baste ahora señalar el escándalo que provocaron en las mentes biempensantes de los allí congregados, las palabras del estudioso Xavier Pla, titular de la Càtedra Josep Pla de la Universitat de Girona e historiador de confianza de la fundación del escritor («[C]uando dije que quería hacer la tesis sobre Pla en el departamento de la universidad me dijeron: “¿Sobre ese fascista?”. Era el año 1987»3. Tuvo que irse a Francia a presentarla), quien tendrá el atrevimiento de absolverlo del fuego eterno, víctima de un ataque de optimismo irredento:
Hoy, las nuevas generaciones de lectores catalanes ya no están formadas bajo la influencia de la rémora de la guerra civil española y saben que no se puede continuar analizando este hecho histórico desde posiciones maniqueas. También saben que cualquier reflexión sobre las diversas posiciones de los intelectuales durante la guerra no debe personalizarse, sino situarse en el marco de una crisis social y política sin precedentes en la que ninguno de ellos salió indemne4.
A los guardianes de la ortodoxia semejante ocurrencia les provocó cuando menos sorpresa, porque la verdad establecida era una y sólo una, y es que, más allá de disquisiciones ideológicas, en 1936 uno debía estar «del único lado en que podía estar un escritor catalán»5. No caben muchas conjeturas.
Una prueba inequívoca del error hierático, a la vez que una muestra palmaria del supuesto rigor científico del congreso londinense, es una de las ponencias sobre el catalanismo franquista y Josep Pla6. La principalprueba de cargo contra el escritor ampurdanés sería su panegírico de José María de Porcioles, quien fuera alcalde de Barcelona durante la dictadura franquista, y a quien dedicó uno de sus retratos literarios de la serie conocida como «Homenots». Lo realmente extraordinario del caso es que políticos tanfranquistas como puedan serlo el mismo Jordi Pujol —«[Porcioles] era un hombre de visión, de ambición, de ilusión. Él volvió a poner en marcha la ciudad»— o los primeros alcaldes democráticos Narcís Serra —«Las ideas de Porcioles se orientan en la buena dirección»— y Pasqual Maragall—«con la perspectiva actual podemos decir que Porcioles puso las bases de la Barcelona futura»7— no tuvieron empacho en loar sin recato su actuación como alcalde, deshaciéndose en elogios sobre él en un programa de la televisión pública catalana, «la Nostra», según reza el autobombo promocional, lo que provocó una auténtica conmoción entre quienes habíamos vivido en la Ciudad Condal bajo su mandato desolador. Hasta tal punto llegó el hedor de incienso derramado que un dirigente de la federación de asociaciones de vecinos de Barcelona tuvo que advertir: «No pediremos perdón por haber luchado contra la Barcelona de Porcioles»8.
Pero aún restaba la definitiva prueba del algodón, consistente en que otro catalán franquista, Juan Antonio Samaranch, en el año 1975 —todavía en vida de Franco, quien fallecería en noviembre de aquel año— concedió a Pla una condecoración de la Diputación barcelonesa alegando: «[S]u regionalismo y su crítica del régimen se desvanecían de golpe ante los