Capítulo V
El trono del amor
El amor divino es la fuerza que disuelve todos los opositores del pensamiento verdadero y así suaviza todo obstáculo que se presente. Cuando el amor asciende al trono y toma completa posesión de nuestra vida, su gobierno es justo y recto. Hasta emociones destructivas como la resistencia, la oposición, la obstinación, la cólera, los celos, son armonizadas por el amor. El perfecto amor echa afuera el miedo. Cuando el amor armoniza la consciencia encontramos que nuestros asuntos externos son puestos en orden y que, en donde antes hubo oposición y miedo, prevalecen la cooperación y la confianza.
Demostramos no resistencia negando toda intelectual oposición o antagonismo. Cuando la sustancia del amor divino se vierte sobre todos los pensamientos negativos, no somos molestados por ellos otra vez. Esto nos da alegría, una fuerza positiva que no ha producido fruto a causa de las obstrucciones amontonadas sobre ella por no cumplir la ley del Todo-Bien. El maravilloso reino en el hombre se desarrolla guardando los mandamientos; esto es, mandando, ordenando, dominando y dirigiendo cada pensamiento de acuerdo con la armoniosa ley del amor de unos a otros.
El poder disolvedor del amor espiritual es el antídoto para una voluntad dictatorial, pero tenemos que negar todos los deseos egoístas fuera de nuestro amor antes de que lo usemos suavizando la voluntad imperiosa. Cuando la consciencia del amor se asienta en el interno claustro de nuestro ser no podemos dejar de acceder a sus demandas. El amor sin egoísmo desconoce el miedo a causa de su olvido del yo. La voluntad divide su dominio con el amor cuando se enfoca con la actitud correcta; esto es, con comprensión. La comprensión de la ley es necesaria en todas las uniones permanentes. Cuando sabemos la Verdad, sabemos que todos somos uno, que no hay separación alguna. Los que aman sin la adulteración del egoísmo o el apetito de los sentidos, llegan a la presencia misma de Dios.
Hay una distinción entre el amor de tipo divino, ejercido por el hombre divino y el amor de tipo humano, ejercido por el hombre mortal. Distinguir entre el amor divino y el humano, requiere juicio discriminativo. Todo amor es divino en su origen pero al pasar por el prisma de la mente del hombre, aparentemente se rompe en muchos colores. Mas, como el rayo de luz blanca, se mantiene siempre puro. Atañe al hombre hacer su manifestación en la vida tan pura como su origen. Esto también requiere cuidadosa discriminación y buen juicio. Aprendemos por experiencia que el amor debe ser guiado por la sabiduría. Si accedemos ciegamente a los ciegos impulsos sugeridos por el amor humano, sufriremos muchos reveses.
David representa el amor pasando por algunas de estas experiencias. Puso sus afectos en muchas mujeres; se apegó por el corazón a las muchas fuentes de sensación que la naturaleza amorosa ofrece. Cuando uno se entrega a todas las emociones engendradas por el amor, hay una saturnalia de sensación en la consciencia.
El primer paso en toda reforma es el reconocimiento del poder de la ley. La sabiduría nos enseña lo que es la ley y dónde hemos fallado en el uso de ella. Entonces se nos muestra que hay enojo contra nosotros de parte de Dios. La trasgresión de la ley trae su propio castigo. No somos castigados a causa de nuestros pecados sino por ellos. Dios es bondad, Dios es amor—amorosa bondad es un raro compuesto.
Una buena definición de amor es que excita deseo por el bienestar de su objeto. Si toda la gente reconociera el amor incluyendo este ideal—reconociendo que Dios ama a todos los hombres al grado de que ha derramado su vida, sustancia e inteligencia por igual en nosotros en el esquema universal—encontrarían en él la solución a cada problema de la vida. Nuestro supremo bien llega en el bienestar de otros. Jesús reconoció la filiación divina y la universal fraternidad. Confesamos que Jesús es el hijo de Dios y por esa confesión reconocemos que todos los hombres son hijos de Dios. Todos nosotros queremos saber la verdad y recibir la ayuda que viene con ella, pero cuando se nos presenta, objetamos el ancho espíritu que proclama. Este es precisamente el caso si nuestra educación religiosa ha sido estrecha y farisaica.
Los judíos fueron enseñados que ellos eran gente elegida y que todos los demás eran bárbaros. Tal doctrina es el fundamento del sistema de castas. Cuando un hombre empieza a verse mejor que los otros hombres, el pensamiento de superioridad se extiende a su ambiente y la separación social sigue. Lo que han enseñado los que tienen autoridad y lo que han sido las costumbres y creencias del pasado, tienen más peso que la razón o la lógica. La innovación en los viejos métodos de pensamiento se resiste. La naturaleza religiosa entera se conmueve; pensamiento se añade a pensamiento y una concentración de resistencia se establece en la mente.
Muchas personas se preguntan por qué no desarrollan más pronto el amor divino. Aquí está la razón: ellos hacen una pared de separación entre lo religioso y lo seglar, entre el bien y el mal. El amor divino no ve distinción entre personas. Es Principio y siente su propia perfección en todas partes. Siente lo mismo en el corazón del pecador como en el corazón del santo. Cuando dejemos entrar la Verdad del Ser en nuestro corazón y derribemos todas las murallas de separación, sentiremos el fluir de amor infinito que Jesús sintió.
Un sentido de unidad es el producto material del amor y es acompañado por una consciencia de seguridad. Por medio del sentido de unidad con el Todo-Bien, el máximo sentido de seguridad posible es realizado; así todo miedo es pronta y completamente eliminado. Juan da énfasis al hecho de que para amar a Dios necesariamente tenemos que amar a nuestro semejante. Un amor que es de algún modo adulterado por el odio hacia algo o alguien, no es bastante puro para discernir el gran amor del Infinito que unifica a todos los hombres.
Jesús dijo que el amor de Dios es el máximo mandamiento. “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el grande y primer mandamiento. Y el segundoparecido a él es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley.” El amor divino es una cosa tan trascendente que las palabras que lo describen parecen inexpresivas e insípidas. Pero las palabras usadas con recta comprensión avivan la mente y no debemos despreciarlas. Afirmando que amamos a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con toda nuestra mente y con toda nuestra fuerza, hará que sintamos un amor como nunca lo habíamos sentido. No puede darse mejor tratamiento para la realización del amor divino que el que recomendó Jesús.
Jerusalén, la ciudad sagrada, representa el centro del amor en la consciencia. Físicamente es el plexo cardíaco. El genio que lo preside es Juan, el místico, que reclinaba la cabeza en el pecho del Maestro. Establecemos las actitudes regidoras de la mente en nuestro cuerpo con nuestros diarios pensamientos y ellos pueden o no estar en armonía con el Principio. Nuestros pensamientos dominantes acerca del amor se mostrarán en el centro del corazón y establecerán ahí un carácter general. Los amores y odios de la mente son precipitados a este receptáculo gangliónico del pensamiento y cristalizan allí. Su sustancia es sensitiva, trémula y volátil. Lo que amamos y lo que odiamos construye células de gozo o dolor en el plexo cardíaco. Su orden divino debe ser la morada de todo lo que es bueno y puro.
Estar bajo la sujeción del supremo poder es el objetivo supremo de realización humana. El espíritu de obediencia es el espíritu del amor. El amor es la cosa más obediente del universo. Es también el máximo trabajador y hará más por nuestra felicidad que todas las otras facultades combinadas. Si quieres un siervo que trabaje para ti noche y día, cultiva el amor divino. A veces habrá obstáculos en la mente que interfieren con esta projimidad del amor. Uno de ellos es pensar que debemos a nuestro semejante algo más que amor. Por algún mal que nos haya hecho creemos que merece nuestro castigo. El Poder superior nos dice que merece sólo nuestro amor, y enviándole la palabra de amor se cumple la ley y la barrera desaparece. Debemos ser amigos de todos y todo para que este divino trabajador, el amor, lleve a cabo para nosotros la ley divina.
Cuando, aunque sea débilmente, comprendemos el amor de Dios, empezamos a amar a nuestro semejante. Hay un ferviente amor entre los cristianos que no se encuentra en ningún otro grupo. El amor es una ordenanza divina y los que dejan el amor de Dios verterse en caridad, en verdad abarcan y perdonan una “multitud de pecados” no sólo en ellos mismos sino en otros; el amor derrama su bálsamo sobre toda herida y la sustancia de su simpatía infunde esperanza y fe al desalentado corazón. El amor divino tiene un...