CAVILACIONES Y MORTIFICACIONES DE UN
ATRIBULADO LECTOR
Pedro Godoy
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Soy un sufrido lector de novelas históricas. Tal vez debiera añadir «y de otras cosas», porque cuando alguien confiesa su afición a un género narrativo, el interlocutor cultivado que no comparte sus gustos suele arquear las cejas y mirar de arriba abajo al asombroso ejemplar que tiene delante; después frunce el ceño, los labios y el rostro todo; se debate luego entre la aversión y la misericordia; y adopta finalmente una grotesca mueca que trasluce sus temores: cree estar frente al mismísimo Alonso Quijano, poseído, con los ojos desorbitados y cuajados en sangre de tanto castigar la vista y, sobre todo, de tanto perder miserablemente el tiempo con novelas aburridísimas e interminables, hueras e insulsas, como si Christian Jacq hubiese alumbrado a todas las criaturas del género. Por eso, y para desbaratar prejuicios y deshacer entuertos, vaya por delante que también disfruto leyendo otras novelas —tengan o no apellidos genéricos— que nada o muy poco comparten con las «históricas»; y poemas, y dramas, y ensayos... y otros muchos géneros que también pláceme leer, dependiendo de la ocasión y del momento. Soy, como digo, un lector de novela histórica «y de otras cosas», y no eltonto del puebloal que siempre da por lo mismo.
Naturalmente, me encantan las librerías. Cuando estoy cerca de alguna, ésta ejerce sobre mí una atracción gravitatoria cuya magnitud ninguna relación guarda, por supuesto, con asuntos tan ordinarios y prosaicos como mi crónica falta de liquidez o mi penosa solvencia financiera. La atracción, en cualquier caso, es irresistible, y el destino, inexorable. Y allá que voy, de excursión al paraíso. Pero cuando franqueo la entrada, el rito vuelve indefectiblemente a repetirse, una y otra vez, en la noria sagrada del tiempo: mis pies decláranse independientes; y, aunque yo intento otear el horizonte, creyéndome dueño de mi voluntad y mis impulsos, ellos me conducen sin remedio, en un decir Jesús, a algún rótulo donde leerse pueda «Narrativa Histórica. Novedades» o algo parecido. En ese preciso instante, mi adrenalina se dispara y mi pulso se desboca, porque ha llegado la Hora de la Verdad. Y entonces, justo entonces, cuando la boca se hace agua y uno se relame de gusto… ese rincón del paraíso deviene en purgatorio y empieza la vía dolorosa para alguien como yo, que ya definí al principio como un «sufrido» lector de novela histórica. Sufrido, paciente, resignado, estoico e incluso heroico, como muchos otros aficionados al género. Porque hay que ser un santo Job cualquiera para iniciar ese desolador viaje que supone la búsqueda, infructuosa casi siempre, de algún título interesante que, por obra y gracia de los hados o por enajenación mental transitoria de algún editor, haya podido extraviarse entre las montañas de enigmas, misterios, conjuras y co