Pozoblanco ofreció el capote al toro. El animal arrancó, metió los cuernos y fue absorbido por el semicírculo del percal. Pozoblanco trazó tres lances con lentitud, con la tela abierta igual que un delantal y despegando los codos, como si se moviera sobre un tablado. Después, con un recorte, dejó al toro a un metro de la raya de cal. El picador hizo sonar el estribo y enseguida se aferró a la garrocha. Antes de que los cuernos llegaran al peto del caballo hundió la puya, que cayó un poco contraria. «Sólo un espíritu frívolo puede pensar que esto es nada más que un juego sangriento entre un hombre y un animal», anotó Robles desde la contrabarrera. El toro empujó haciendo sonar los metales, mientras la puya profundizaba la herida. El tiempo parecía haberse detenido en el reloj de la plaza. Alguien, desde un tendido de sol, inició una rechifla. Otro escupió un insulto. Y al conjuro de esa palabra sucia, fue como si la tensión se disolviera: un banderillero abrió su capote junto al ojo del animal y el toro salió del caballo.
Juan, desde el callejón, observaba igual que Robles, pero sin anotar en ninguna libreta: con la montera hundida hasta los ojos, tratando de evitar el puyazo del sol. La suerte de varas siempre le había resultado de una inexplicable belleza. El recuerdo borroso de la primer corrida de su infancia había quedado reducido a la figura escultórica de un picador, de un toro y de un caballo. También recordaba que en esos momentos había pensado que no había mejor cosa en el mundo que lo que tarde a tarde acontecía dentro del redondel.
La vida lo había llevado a Juan por caminos casi siempre difíciles. Si ahora pisaba el albero de su plaza de provincia era porque lo habían contratado para actuar como sobresaliente en esa corrida mano a mano entreColmenaresyPozoblanco. Juan sabía que de todos los que salen al ruedo en una tarde, quizás el que juega el papel más sombrío es el sobresaliente: un torero a quien se encomienda estoquear los toros en caso de que los matadores de cartel resultasen heridos. La oferta le había llegado por intermedio de su amigo Robles, ese escritor oscuro con el que solía compartir copas y hablar de viejos tiempos. Él mismo era, en cierta forma, un escritor frustrado, del mismo modo que el sueño de Robles hubiera sido vestirse de luces. El empresario había recurrido a Robles por temor a ofenderlo, ya que el trabajo de sobresaliente era propio de un novillero. Pero como la corrida era en el pueblo, y como Juan estaba endeudado y a punto de retirarse, el efecto había sido el contrario.
PozoblancoyColmenares, en cambio, estaban en la cima del escalafón. Y los empresarios, los apoderados y la prensa habían comenzado a hablar de rivalidad. «De Despeñaperros abajo y de Despeñaperros arriba». Si hasta los dos habían adoptado, como nombres artísticos, los de sus respectivos pueblos. Dos concepciones distintas de un mismo arte: el toreo de inspiración y el toreo de elaboración. «De Despeñaperros abajo, se torea; de Despeñaperros arriba, se trabaja». La rivalidad ya era un vino pendenciero que subía el tono de voz en los corrillos, que hacía nacer nuevas peñas, que provocaba miradas hostiles y desplantes entre el público de sol.PozoblancoyColmenareslo negaban todo: eran inventos de los cronistas, de gente ajena al espectáculo, de personas que los querían mal. Pero en la afición ya se había levantado el recuerdo de Joselito y Belmonte, deManoletey Arruza, de Ordóñez yDominguín; y ellos mismos, pese a sus protestas, comprendían que era un desperdicio no explotar esa circunstancia.
Pozoblancotanteó al