: Josep Asensi
: Layos, historia de un mito griego
: Ediciones Evohé
: 9788493890193
: 1
: CHF 2.70
:
: Erzählende Literatur
: Spanish
: 200
: kein Kopierschutz
: PC/MAC/eReader/Tablet
: ePUB
'Puedes cambiar tu futuro, no tu destino' En época clásica, Layos, el mítico rey de Tebas, era un personaje mitológico vilipendiado, acusado del rapto de Crisipos, el infante bastardo más querido del rey Pélops. Debido a este hecho, se ganó la maldición que más tarde se transmitiría a su hijo Edipo. Esta novela ejecuta una ambientación micénica con la habilidad y el método de un cirujano e hila el mito dentro de la historia de forma magistral. Recupera y dignifica la figura de Layos, sirviendo su historia de amor con el adolescente Crisipos como telón de fondo para mostrarnos toda la sociedad aquea de la Edad del Bronce.

A Josep Asensi, de pequeño, le dieron a leer unos librillos sobre mitología para que viera lo ridículos que eran los falsos dioses del paganismo; lograron todo lo contrario. Enamorado de la mitología, devoró cuanto cayó en sus manos. Lector obsesivo, conoció a Homero y ya no lo abandonó. Aficionado a la Historia, se empapó con todo lo que estuvo a su alcance. Con el tiempo descubrió que había un lugar común en el que confluían la mitología, la épica y la Historia: la Edad del Bronce. Apasionado con los héroes de antaño, y con mucho tiempo libre, se decidió a recrear la Grecia del segundo milenio antes de nuestra Era con la misma precisión de su oficio: cirujano. Así nació Layos, una novela ambientada en la ciudad de Tebas mil años antes del nacimiento de Pericles, cuando los escudos eran de piel de buey y los yelmos se fabricaban con colmillos de jabalí.

1. El rapto de Antíope

La vivienda tenía cuatro lados. Podría haber sido cuadrada si su constructor, dueño e inquilino hubiera tenido una vara de medir, suponiendo que supiera usarla. Un par de filas de piedra tosca, unas paredes de barro y un techo de paja y fango a dos aguas era hogar común de un matrimonio y de sus cabras. La puerta de madera se abría hacia afuera, para no robar espacio al diminuto interior. Cerca de allí, una choza circular mucho más pequeña, abandonada como vivienda pero conservada como almacén, granero y trastero. Excavada en la montaña, una gruta junto a una fuente de agua fría. No muy lejos, el límite entre el bosque y el prado.

Eunisos, el pastor, terminó de guardar su exiguo rebaño y entró tras él en la casa. Iba cubierto con un manto que era también fardo, mantel, alfombra, manta y, quizá, varias cosas más. Unos cuantos postes alineados y una única viga sujetaban el entramado de cañas sobre el que descansaba la paja del techo, impermeabilizada por el hollín depositado durante años de hoguera nocturna. Un agujero en el centro de la techumbre era, a la vez, la chimenea y la única ventilación. En las paredes, unas hornacinas excavadas en el barro, con algunos estantes inseguramente sostenidos. El mobiliario, si se le podía llamar así, se reducía a un cubo con agua y dos arcones. Sobre uno de aquellos arcones, un jergón de lana basta relleno de paja. Pero la cabaña, comparada con la choza circular de su padre y su abuelo, era enorme y rica para su satisfecho propietario.

El pastor y Meliside, su mujer, dejaron caer en el suelo el jergón, se tumbaron sobre él y se cubrieron con sus mantos. El hombre durmió poco. Eléuteras, la ciudad más cercana, estaba lo suficientemente lejos como para que ningún hombre o caballo pudiese perturbar el silencio, así es que oyó a sus visitantes con mucha antelación. Se lavó un poco la cara para despejarse y se arropó. Abrió el arcón más pequeño y extrajo una pequeña hacha de bronce: su única arma y toda su fortuna. Tomó una vieja jabalina de madera, con la punta endurecida al fuego. Encendió una tea en la hoguera y salió a la oscuridad.

Era una noche clara. Se alejó un poco por el sendero que llevaba a su casa, hincó la antorcha en el suelo y regresó. Se emboscó en la penumbra. Hombres y caballos quería decir ladrones; si se llevaban sus cabras, moriría de hambre, así es que no merecía la pena huir. Aguzó el oído: iban muy deprisa, demasiado, y oía también ruedas. ¿Quié