1. El rapto de Antíope
La vivienda tenía cuatro lados. Podría haber sido cuadrada si su constructor, dueño e inquilino hubiera tenido una vara de medir, suponiendo que supiera usarla. Un par de filas de piedra tosca, unas paredes de barro y un techo de paja y fango a dos aguas era hogar común de un matrimonio y de sus cabras. La puerta de madera se abría hacia afuera, para no robar espacio al diminuto interior. Cerca de allí, una choza circular mucho más pequeña, abandonada como vivienda pero conservada como almacén, granero y trastero. Excavada en la montaña, una gruta junto a una fuente de agua fría. No muy lejos, el límite entre el bosque y el prado.
Eunisos, el pastor, terminó de guardar su exiguo rebaño y entró tras él en la casa. Iba cubierto con un manto que era también fardo, mantel, alfombra, manta y, quizá, varias cosas más. Unos cuantos postes alineados y una única viga sujetaban el entramado de cañas sobre el que descansaba la paja del techo, impermeabilizada por el hollín depositado durante años de hoguera nocturna. Un agujero en el centro de la techumbre era, a la vez, la chimenea y la única ventilación. En las paredes, unas hornacinas excavadas en el barro, con algunos estantes inseguramente sostenidos. El mobiliario, si se le podía llamar así, se reducía a un cubo con agua y dos arcones. Sobre uno de aquellos arcones, un jergón de lana basta relleno de paja. Pero la cabaña, comparada con la choza circular de su padre y su abuelo, era enorme y rica para su satisfecho propietario.
El pastor y Meliside, su mujer, dejaron caer en el suelo el jergón, se tumbaron sobre él y se cubrieron con sus mantos. El hombre durmió poco. Eléuteras, la ciudad más cercana, estaba lo suficientemente lejos como para que ningún hombre o caballo pudiese perturbar el silencio, así es que oyó a sus visitantes con mucha antelación. Se lavó un poco la cara para despejarse y se arropó. Abrió el arcón más pequeño y extrajo una pequeña hacha de bronce: su única arma y toda su fortuna. Tomó una vieja jabalina de madera, con la punta endurecida al fuego. Encendió una tea en la hoguera y salió a la oscuridad.
Era una noche clara. Se alejó un poco por el sendero que llevaba a su casa, hincó la antorcha en el suelo y regresó. Se emboscó en la penumbra. Hombres y caballos quería decir ladrones; si se llevaban sus cabras, moriría de hambre, así es que no merecía la pena huir. Aguzó el oído: iban muy deprisa, demasiado, y oía también ruedas. ¿Quié