: Gisbert Haefs
: Cuentos vagabundos
: Ediciones Evohé
: 9788415415169
: 1
: CHF 4.00
:
: Erzählende Literatur
: Spanish
: 527
: kein Kopierschutz
: PC/MAC/eReader/Tablet
: ePUB
Gisbert Haefs nos ofrece en estos cuentos, fábulas y relatos una prueba de su pulso narrativo y una variada muestra de sus inquietudes, que van desde lo histórico a la ciencia ficción, pasando por el realismo mágico, la mitología o el género policíaco, todo ello trufado con el humor y las descripciones de las pasiones humanas que tanto gustan al escritor germano e hilado con la paciencia del buen oficio. Los textos que este volumen expone son tan solo una parte de un extenso material que Gisbert Haefs atesora y que fue en su día ya publicado en Alemania con gran éxito, introduciendo personajes protagonistas de algunas de sus novelas. Por nuestra parte, celebramos la aparición en castellano de Mungo Carteret, del Triunvirato o de Baltasar Matzbach, nombres que seguro darán más de una alegría al lector de este gran escritor alemán.

Gisbert Haefs nació en 1950 en Wachtendonk, Renania del Norte-Westfalia, Alemania. Estudió Filología inglesa e hispánica en la Universidad de Bonn. Ha sido traductor al alemán de Conan Doyle, Kipling, Borges....

El testigo
 

Los marinos de Mileto amarraron el carguero de un sólo mástil; la sombra de la montaña cubría el noray y reptaba hacia la bahía. La tripulación empezó a descargar la mercancía —cestas de frutas y verduras, ánforas de vino, grandes jarrones con carne en conserva, jamón envuelto en rafia—, tarea en la que los niños, algunas mujeres y unos cuantos ancianos del pueblo fueron más bien obstáculo que ayuda.

Dos viejos legionarios examinaban las mercaderías apiladas y alineadas, hacían catas y les daban paso. Un tercero contempló sin interés al pasajero que había desembarcado con movimientos rígidos, vaciló un momento en tierra firme, alzó las manos al cielo y después pasó por encima de la borda dos cestas con correas para transportarlas. Otro desterrado, el undécimo o duodécimo que tenían que vigilar en Patmos. El capitán del barco entregó al viejo soldado el rollo de papiro en el que figuraban su nombre, su delito y su condena.

El legionario, que no sabía leer, sonrió y se encogió de hombros.

—Tu nombre,exoticus—dijo.

El desterrado sacudió la cabeza y ensayó una sonrisa, pero terminó muy por debajo de los ojos de oscuro centelleo. El hombre miró fijamente las casas claras y planas del lugar, pareció contar los niños, mujeres y ancianos que había junto al barco, y luego alzó la vista hacia la montaña y los matorrales y cabras. Iba descuidado, con la barba hirsuta, una melena greñuda, gris vestido de lana, y apestaba.

El viejo legionario gruñó algo y repitió la pregunta en griego:

—¿Tu nombre, bárbaro?

—Jochanaan —dijo el forastero—. O Ioannes. Es lo mismo.

—Para mí desde luego —el legionario escupió—. Ven —hizo una seña con el rollo de papiro.

Los soldados —dos docenas— y el centurión inválido percibían alrededor de un tercio de su antiguo sueldo, 100 denarios al año, el oficial 300; habían recibido fincas entre la bahía y la ladera de la montaña, material para construir sus casas e instrucciones precisas. Ahora vivían allí, en parte con sus familias, y vigilaban a los dos o trescientos pescadores junto con su antiquísima inclinación al contrabando y la piratería, y al número cambiante de desterrados, temporales o permanentes. Puede que el nuevo hubiera sido rey hasta hacía dos días, pro