El testigo
Los marinos de Mileto amarraron el carguero de un sólo mástil; la sombra de la montaña cubría el noray y reptaba hacia la bahía. La tripulación empezó a descargar la mercancía —cestas de frutas y verduras, ánforas de vino, grandes jarrones con carne en conserva, jamón envuelto en rafia—, tarea en la que los niños, algunas mujeres y unos cuantos ancianos del pueblo fueron más bien obstáculo que ayuda.
Dos viejos legionarios examinaban las mercaderías apiladas y alineadas, hacían catas y les daban paso. Un tercero contempló sin interés al pasajero que había desembarcado con movimientos rígidos, vaciló un momento en tierra firme, alzó las manos al cielo y después pasó por encima de la borda dos cestas con correas para transportarlas. Otro desterrado, el undécimo o duodécimo que tenían que vigilar en Patmos. El capitán del barco entregó al viejo soldado el rollo de papiro en el que figuraban su nombre, su delito y su condena.
El legionario, que no sabía leer, sonrió y se encogió de hombros.
—Tu nombre,exoticus—dijo.
El desterrado sacudió la cabeza y ensayó una sonrisa, pero terminó muy por debajo de los ojos de oscuro centelleo. El hombre miró fijamente las casas claras y planas del lugar, pareció contar los niños, mujeres y ancianos que había junto al barco, y luego alzó la vista hacia la montaña y los matorrales y cabras. Iba descuidado, con la barba hirsuta, una melena greñuda, gris vestido de lana, y apestaba.
El viejo legionario gruñó algo y repitió la pregunta en griego:
—¿Tu nombre, bárbaro?
—Jochanaan —dijo el forastero—. O Ioannes. Es lo mismo.
—Para mí desde luego —el legionario escupió—. Ven —hizo una seña con el rollo de papiro.
Los soldados —dos docenas— y el centurión inválido percibían alrededor de un tercio de su antiguo sueldo, 100 denarios al año, el oficial 300; habían recibido fincas entre la bahía y la ladera de la montaña, material para construir sus casas e instrucciones precisas. Ahora vivían allí, en parte con sus familias, y vigilaban a los dos o trescientos pescadores junto con su antiquísima inclinación al contrabando y la piratería, y al número cambiante de desterrados, temporales o permanentes. Puede que el nuevo hubiera sido rey hasta hacía dos días, pro