La voluntad de poder
Luis Villalón Camacho
Nulla dies sine linea
Comienzo a redactar estas líneas sin mucho interés y casi como simple ejercicio mecánico; en ellas dejaré constancia de losúltimos acontecimientos que han afectado a mi vida. Escribo de forma manuscrita aunque tengo junto a mí unaRemington(1), pero evito usarla a estas horas de la noche por su sonoridad. Me llamo Stanley Hyne y soy escritor, aunque a decir verdad y a riesgo de que se considere falsa modestia, debería decir«escritor mediocre»; pero prefiero que ese particular lo juzguen otros. Lo cierto es que, mal que me pese, siempre he tratado de ser honesto conmigo mismo y la honestidad me lleva a afirmar que misúltimos textos publicados en laPearson’s Magazine(2)no han gozado del favor del público y su editor ha dejado de contar conmigo. La revista apenas cuenta con poco más de un año de vida pero ya ha adquirido cierto prestigio en los círculos intelectuales del país, y la publicación por entregas de una novela mía en sus páginas me reportaba gran satisfacción, además de ser laúnica fuente de ingresos con que contaba. El fin de esos ingresos ha traído como consecuencia el de la paciencia de mi casero quien, al no haberle yo podido satisfacer el pago de los cinco soberanos que le debía por el alquiler de lasúltimas semanas, me ha echado sin contemplaciones del cuarto en el que me hospedaba. De esto hace apenas tres días. Y ese periodo de tiempo es el que me dispongo a relatar brevemente, mientras espero que me llegue el sueño más que por sincero deseo de rememorar, pero también porque un escritor, o un aspirante a ello, si pretende ganarse la vida en este oficio ha de tener en todo momento la pluma bien afilada.
Como acabo de decir, anteayer por la noche me vi en la calle con mis escasas pertenencias metidas en una maleta y unos cuantos chelines en el bolsillo. No viene al caso mencionarlo pero en la ciudad no tengo familia a la que recurrir, y si hubiera pedido ayuda a alguno de mis amigos, pocos, lo reconozco, me habrían recibido con burla y falsa conmiseración ya que nunca creyeron que pudiera ganarme la vida como escritor, y mi actual situación no habría hecho sino darles la razón y hundirme a mí en el ridículo y la vergüenza. El orgullo es lo que diferencia al hombre de las fieras y lo que lo eleva por encima de estas, y siendo este sentimiento loúnico que me quedaba, aél me aferré. De modo que me dispuse a pasar la noche bajo las estrellas y a sobrevivir con el estómago casi tan vacío como mis bolsillos(3).
A la mañana siguiente recorrí la redacción de los diarios de la ciudad con mi maleta a cuestas en busca de trabajo, sin ningúnéxito. Tampoco mis contactos en el mundo editorial dieron sus frutos: ninguna de las revistas que tienen sus oficinas por los alrededores precisaba de nuevos redactores. Desesperanzado, gasté la mitad del dinero que me quedaba comiendo en una pequeña taberna del centro y luego pasé la tarde deambulando por las calles. Al caer la noche no me quedó otro remedio que buscar acogida en algún hospicio para pobres, de los que hay varios en las afueras de la ciudad. Todos estaban llenos, en ninguno se dignaron ofrecerme un mísero plato de sopa o un triste rincón donde poder dormir bajo techo. De nuevo pasé la noche al raso, una noche larga y fría durante la que no pude conciliar el sueño, dándole vueltas a mi desesperada situación. Mi habilidad como escritor, poca o mucha, es laúnica que tengo pero como acababa de comprobar, no valía gran cosa. No conoce uno la angustia del desaliento hasta que no lo vive en las propias carnes, y confieso que en algún momento me derrumbé; soy de espíritu frágil y voluntad quebradiza, poco acostumbrado a superar las dificultades de la vida. Así que sin darme cuenta empecé a acariciar la idea de quitármela, ya que esta se me había desmoronado en cuestión de horas con la facilidad con que caería un castillo de naipes ante el más leve soplo de viento. Pero antes de que el pensamiento del suicidio se afianzara en mi mente, el cansancio y el sueño hicieron más efecto que el hambre y la autocompasión, y me dormí(4).
El día siguiente empezó de modo muy parecido al anterior, aunque más desolador si cabe. Anduve por los arrabales de la ciudad, por los barrios obreros, buscando trabajar de lo que fuera. Pero es bien sabido que toda la hediondez y bajeza del género humano habita precisamente en los suburbios: apenas me permitían presentarme, y en cuanto veían mis manos finas y mis maneras educadas, y me oían hablar de un modo tan diferente al que por esos pagos se estila, solo obtenía a cambio mofas y escarnios que ni siquiera entendía(5). Siendo la pluma laúnica herramienta que sé manejar y el de escritor elúnico oficio en el que tengo algo de traza, nadie quería emplearme y en todas partes era despedido con cajas destempladas. Abatido y desanimado, me senté sobre mi maleta sin saber qué hacer ni adónde ir. Fue entonces cuando se me acercó un individuo bien vestido, con capa y sombrero oscuros, guantes de piel y zapatos brillantes.«¿Eres escritor?» me preguntó retóricamente, pues sin duda me había oído mencionarlo en algún lugar. Asentí, yél continuó:«Necesito alguien que escriba para mí. Te ofrezco comida y alojamiento mientras dure el trabajo». Era un hombre de unos cincuenta años, mediana estatura, rostro circunspecto y voz grave. No me lo pensé dos veces y acepté el ofrecimiento, que tomé como una bendición del cielo. Me guió hasta su carruaje, una elegante calesa de dos caballos(6), y con un gesto me invitó a subir. Durante el trayecto me atreví a presentarme y a preguntarle su nombre, pero la parquedad de sus palabras, el semblante serio y la mirada perdida en las vistas a través de la ventanilla me disuadieron de pretender ir más allá en la conversación.
El cochero detuvo los caballos frente a una mansión de aspecto respetable junto al Támesis(7), en un distinguido barrio residencial. El interior no aparentaba gran lujo, m&aa